Columna de opinión
Por Alfonso Múnera
mayo 03/2006
LAS MUERTES COTIDIANAS
Muertos, muertos y más muertos. En las últimas semanas han sucedido tantas cosas siniestras que a veces temo que el monstruo de la violencia, que acecha siempre a los colombianos, esté otra vez desplegando sus alas malignas sobre nuestro territorio. A los pocos días de descubrirse el cuerpo del principal asesor de la campaña de Piedad Córdoba, visiblemente torturado, en los cerros de Bogotá, la hermana menor del ex presidente Cesar Gaviria es secuestrada y asesinada por sus secuestradores. Todo esto en medio de las escalofriantes declaraciones del jefe de informática del DAS acerca de las listas negras y los presuntos asesinatos selectivos organizados por el organismo de inteligencia del gobierno. Y en medio también de crímenes diarios en todas las ciudades del país en los que mueren muchas personas anónimas, de los que no está libre la costa Caribe colombiana. Cartagena, la otrora ciudad pacífica, ha vivido y vive periódicos baños de sangre en sus barriadas marginales, y allí mueren jóvenes de cuyos nombres nadie se acuerda al día siguiente.
¿Cuán seguros estamos los colombianos? ¿Puede alguien jactarse de no tener su vida en riesgo si a una banda de criminales, sea cual sea su origen y sus móviles, le importa un bledo asesinar a la hermana del ex secretario de la OEA? Mejor dicho, ¿Hasta dónde, pues, ha llegado el grado de indefensión en esta nuestra amada patria si la amarga y aterradora realidad es que aquí se puede asesinar a cualquiera, por muy importante que este sea?
Y la verdad es que muy curiosa la sicología de los colombianos ante el crimen: matan y matan a diario y nadie parece sobrecogerse. De pronto la caótica violencia toca a una de las grandes familias y entonces la prensa, la televisión y la radio informan con indignación y con un cierto aire de sorpresa sobre el asesinato. El presidente no oculta su asombro y su dolor, y ofrece una gran recompensa, luego viene el traumático ritual del entierro; pero pasan unos días y nadie más se vuelve a acordar del asesinato hasta que sobreviene otro de igual jerarquía. Mientras tanto van muriendo por decenas toda clase de compatriotas que no merecerán más de una ligera alusión en los medios de comunicación.
A nadie, por supuesto, se le ocurre que valga la pena convocar a una gran manifestación nacional de protesta. Ni por los muertos anónimos y humildes ni por las celebridades. Y la verdad es que si se convoca es muy probable que un número grande de ciudadanos se queden en casa dispuestos a observarla por televisión. Quizás la explicación más obvia de esta extraña indiferencia ante el asesinato sea la de que es tan común, tan parte normal de nuestra vida, que la protesta tendría algo de absurdo. Como si uno protestara contra el calor, la humedad o las grandes lluvias del trópico. Recuerdo que en España, hace unos dos años atrás, ETA mató a un humilde policía y ese crimen provocó una gigantesca manifestación de repudio de más de tres millones de personas a lo largo del territorio español. Uno pierde la cuenta en Colombia de cuantos policías son asesinados en el curso de un año.
Si lo anterior no deja de ser un comportamiento extraño a los ojos de cualquier persona que no resida en Colombia, mucho, pero mucho más extraño, es, digo yo, que lo que precisamente se festeje como un gran logro del actual gobierno sea la seguridad. Hay quienes sostienen con fervor que gracias al presidente magnánimo hoy estamos más seguros que nunca. Es probable que sea así. Claro que como estamos en Colombia el éxito de la seguridad democrática no quita que todos los días contemos un rosario de asesinatos, y que de vez en cuando, para mayor dolor de la patria, estos muertos provengan de las selectas familias.
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