Columna de opinión
Por Alfonso Múnera
abril 05/2006
¡VANAS ILUSIONES!
En medio de la quizás más grande concentración de la riqueza contemplada por los colombianos a lo largo de su historia y de, su hermana siamesa, la expansión incontrolada de la pobreza, el gobierno se ufana del crecimiento de 5.13% de la economía nacional. Es una alta cifra -dicen- que no se daba desde 1995. ¡Que maravilla! -exclaman. ¡Estamos creciendo! ¡Estamos progresando!
Habría que comenzar por preguntar lo más elemental: ¿quién crece? ¿Quién progresa? Al menos claramente tres sectores: Los bancos que, como todos sabemos, realizan astronómicas ganancias; la mafia de la cosa pública, que como todos sabemos también, negocia con el presupuesto del Estado y se queda con buena parte de los dineros públicos: y los grupos al margen de la ley, cuyo negocio principal es el cultivo y venta de cocaína, en el que, ¿quién no lo sabe?, se acumulan enormes capitales que luego circulan por nuestra economía, y que en el pasado han estado detrás de fulgurantes períodos de, por ejemplo, bonanzas de la construcción.
¿Quién más? Bueno me imagino que una que otra empresita, uno que otro profesional, en fin uno que otro afortunado, seguramente premiado por Dios. Y lo digo porque lo que sí parece ser cierto, en la categoría de indisputable, es que la masa de los colombianos, digamos por lo menos 70 por ciento de su población, ni crece ni progresa ni lo hará en el futuro previsible. No al menos mientras la política dominante sea esta cosa sin alma que se práctica hoy en Colombia con la complicidad del gobierno.
Miremos el caso de Cartagena: aquí, pese a lo difícil que es, se nos quiere convencer de que, por arte de magia, nos acostamos mal y amanecemos bien. De pronto, y casi como un coro estridente y unánime, gremios, medios de comunicación, y hasta profesionales distinguidos e inteligentes, festejan lo bien que le está yendo a la ciudad. Lo mucho que ha cambiado y lo mucho que está mejorando. Bastó que el nuevo alcalde tomase el bastón de mando para que el sol apareciese en el horizonte, despejando el cielo de oscuros nubarrones e iluminando la urbe de Heredia con sus rayos bondadosos.
Desafortunadamente en la vida real la magia no suele ser tan eficaz. Ni tampoco las estadísticas del DANE. El hecho es que ni el 5.13% de crecimiento de la economía nacional ni los cien días del doctor Curí han mostrado todavía sus bondades terapéuticas contra el imparable progreso -ese sí- de la miseria. En nuestra ciudad es casi lo único que crece de forma masiva y en profundidad. Y no puede ser de otra manera. Sería, por lo demás, injusto pedirle a nuestro caudillo municipal milagros.
Si somos sinceros, todo ha sido una estridencia propia de nuestro exaltado y macondiano trópico: porque nada ha cambiado mayormente, entre otras cosas porque el mal es tan profundo que no se puede erradicar de la noche a la mañana. Nada importante ha pasado, todavía, ni en educación ni en salud ni en nada. Si fuésemos más serios, deberíamos, en vez de derretirnos en elogios innecesarios, continuar en la labor de crear una conciencia ciudadana acerca de que nuestras condiciones sociales de vida tienen que cambiar, que no se pueden soportar más ni el crecimiento de la pobreza, ni la mala educación de nuestro niños y jóvenes, ni el pésimo sistema de salud, ni la absurda y aplastante corrupción política ni la ausencia total de planeación urbana.
Porque en verdad lo único que nos salvará en el futuro del modelo de ciudad actual, con sus infinitas barriadas de miseria y desolación, y su raquítica y atrapada clase media, es la consolidación de una comunidad participativa y vigilante dispuesta a cambiar su destino por medios democráticos. Lo demás es simple y llanamente una vana ilusión. Trágica, además, por su enorme capacidad de inmovilizarnos
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