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Columna de opinión

Por Alfonso Múnera
marzo 22/2006


LA NOSTALGIA DEL BÈISBOL


Hacía años no presenciaba una fiesta tan extraordinaria en un parque de béisbol como la que tuve ocasión de disfrutar en el viejo estadio de San Juan. Por esas cosas que sólo el azar depara se dio la feliz coincidencia de que al mismo tiempo que se realizaba la reunión anual de la Asociación de Estudios Latinoamericanos, a la que fui invitado, tuviera lugar en Puerto Rico una de las fases iniciales del llamado Clásico Mundial de Béisbol. Y como Dios sabe cómo hace las cosas, mi tío Alcides, que es ahora, después de 40 años de vivir en la Borinquen querida, más puertorriqueño que colombiano, tuvo la buena idea de conseguir boletas para el gran partido entre Venezuela y República Dominicana, en el que, por un estrecho margen los dominicanos eliminaron a los peloteros de Chávez.


En realidad no me interesa mucho detenerme en los detalles de este gran juego, que estoy seguro fue presenciado por todos los amantes del béisbol gracias a la transmisión del canal ESPN. Lo que quiero resaltar y convertir en motivo de reflexión es la profunda e incontenible emoción que sentí a lo largo de tres horas y media, la noche del martes 14, en el estadio Hiram Bithorn.



La primera cosa que me impresionó fue su belleza. Es casi tan bello como nuestro Once de Noviembre, con su gran techo construido en forma de placas de cemento que parecen estar en constante movimiento y que lucen más esbeltas y delgadas de lo que realmente son. Cuando se ingresa por sus estrechas puertas de metal uno tiene la impresión de haber retrocedido en el tiempo y de haber entrado, cuarenta años atrás, al parque de pelota de Olaya Herrera. Es en realidad la misma disposición arquitectónica, el mismo color de las paredes y hasta el mismo olor a cosa frita mezclado con el de la gente.


El Hiram Bithorn es más grande y, por supuesto, mejor cuidado que nuestro Once de Noviembre, y sus sillas son mucho más cómodas que las bancas de madera y sin espaldar del nuestro. Y cuando se sube a las graderías hay un estallido de colores y de música que parecen indicar que ese estadio es un recinto sagrado destinado a las grandes ceremonias comunales de la alegría y la felicidad colectiva. Hasta el punto que sus administradores han colocado altoparlantes a lo largo de sus graderías para repartir mejor la música que un "DJ" experimentado pone a sonar a lo largo de todo el partido.


Nosotros no teníamos altoparlantes ni ""DJ"", pero ¿quién ha olvidado las grandes fiestas del Once de Noviembre en las décadas de los sesenta, setenta y parte de los ochenta? ¿Quién de nuestra generación no recuerda, por ejemplo, los duelos entre Colpuertos y Conastil o entre el juvenil y entusiasta equipo de la Universidad de Cartagena y los muelleros, con las papayeras amenizando y haciendo bailar a todos por igual?


Sentado en el viejo estadio de San Juan, rodeado por miles y miles de puertorriqueños, y sobre todo, dominicanos indocumentados, que brincaban y gritaban y festejaban a sus equipos al son de la buena música del Caribe, yo rememoré los buenos tiempos del Once de Noviembre. Cuando los niños, los adultos y hasta los viejos nos dormíamos con la ilusión del gran juego que veríamos al día siguiente. Esa época en la que los cartageneros de todas las barriadas iban a ver a sus ídolos y lloraban y reían con sus fracasos y sus éxitos, cuando no teníamos ni televisor ni celular, ni mucho menos carros, pero reinventábamos la alegría, la altivez y la dignidad colectiva con las hazañas de nuestros héroes en el parque de pelota.


Vaya envidia la que me producían a mí los humildes e indocumentados dominicanos cada vez que festejaban con alborozo infinito las hazañas de los peloteros de su patria. ¿Cuándo volveremos a hacerlo nosotros?



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