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Columna de opinión

Por Héctor Hernández Ayazo
abril 06/2007


Opongámonos a que Cartagena se trate como un regalo


No voy a referirme a la indiscriminada entrega de llaves de Cartagena. De las malas administraciones es propio trivializar símbolos caros a la comunidad y convertir las atribuciones del poder en herramientas en mecanismos de premio a los ciudadanos que los halagan o de satisfacción de personales vanidades.


Quiero referirme a la tarea que parecen haber emprendido algunos ciudadanos residentes en otras latitudes que ahora se empeñan en seleccionarle alcalde a Cartagena y ofrecer la ciudad como un regalo a la persona que, por motivos distintos a probadas dotes administrativas o conocimiento profundo de la ciudad, desean ellos convertir en figura política.


Para mí tengo muy claro que se puede ser muy destacado profesional en actividades privadas, lejos de Cartagena, aproximándose a ella solo para paseos y descanso, sin que se tenga formación administrativa, conocimiento detallado de los problemas de la ciudad y de los medios con que se cuenta para resolverlos como tampoco de los intereses, mecanismos viciosos e influencias que interfieren o impulsan la labor de los funcionarios en la ciudad.


Cartagena presenta una situación muy compleja, delicada y difícil que desborda las buenas intenciones y las manos limpias. Con entusiasmo y honestidad se logra mucho pero no es suficiente para enderezar una ciudad desbarajustada y cuya sociedad en buena parte ha perdido el pundonor cívico. Pensar que se puede trasplantar un hada madrina que por sus encantos personales o sus dotes de comunicación con las gentes o sus admiradores poderosos en política y en medios se resuelven los problemas de Cartagena, además de ingenuo, es jugar con los intereses de la ciudad y el respeto a sus habitantes. Cartagena necesita buenos administradores, un muy buen alcalde y unos muy buenos concejales de primero, para cambiar y tomar un rumbo que procure un orden social justo y de progreso.


Cartagena necesita el apoyo del país, más que para encontrar alcalde, para salir de la deshonestidad, de la falta de planes serios y definidos, para dignificar la vida de cientos de miles de sus habitantes y para lograr garbo urbano. Acuciantes deficiencias en áreas críticas como las de vivienda, salud, educación, vías, planeación, eficiencia y honestidad administrativas exigen el concurso de personas que tengan claridad sobre el estado actual de cosas y sus causas, los medios de que se puede disponer para superarlos, el recurso humano del que se pueda echar mano y la población sobre la cual debe desplegarse la labor.


Es lástima que quienes se ocupan de buscarle alcalde fuera de ella, gasten menos energías, tiempo y espacios en denunciar el estado de cosas y propugnar por remedios. Si esos personajes pusieran su prestancia y reconocimiento ciudadanos en desnudar los problemas de la ciudad con la misma vehemencia, por ejemplo, con que se ha abordado el tema de nexos de algunos políticos y grupos ilegalmente armados, por lo menos se fomentaría una conciencia ciudadana de pudor que movilizara a los habitantes de Cartagena a buscar soluciones en las urnas.


Pienso que es errado buscar candidatos con sello de grupos particulares de intereses como la industria, el turismo, el comercio, verbi gratia. Tan errado como buscarlo por solos méritos partidistas. Un gran obstáculo para vencer es la casi conformidad consciente que se ha apoderado de amplio número de habitantes que ya consideran como algo normal que unos grupos políticos se distribuyan la ciudad como dividendos de su quehacer público.


Cuando hablo de recuperar el pudor me refiero a sentir vergüenza por la ineficiencia de la administración pública, por los indicadores bajísimos en áreas críticas, por el desgreño urbano, por los homicidios y asaltos de cada día, por la mezquindad que exhibimos en arborización y espacios públicos, por la mala administración, por la exuberancia de la corrupción en la contratación pública y en las decisiones de la administración y tantas otros aspectos que convierten a Cartagena en una ciudad hostil para sus residentes.


Si llegamos a experimentar sincera preocupación por nuestra dignidad como habitantes de toda Cartagena, no solo la de mostrar que es tan de los afectos de los visitantes de primera clase, la ciudad podrá darse buenas administraciones y para ello no requerirá de esos profetas que bregan por escogernos alcalde desde lejos. Y esa dignidad empezamos a recuperarla escogiendo un alcalde que padezca las dolencias de Cartagena porque, si bien es cierto que todos soportamos las deficiencias de las malas administraciones, en la ciudad existen muchos ciudadanos que podrían ponerse al frente del rescate de la ciudad.




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