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Columna de opinión

Por Héctor Hernández Ayazo
febrero 23/2007


¿Tampoco esta vez?


A diez meses de las elecciones regionales, los acontecimientos inducen a pensar que tampoco en esta oportunidad Bolívar y Cartagena se sacudirán de la mala dirigencia que los ha agobiado en los últimos años.


Los aspirantes a gobernador y alcalde que se han hecho visibles son una cocción del mismo establecimiento responsable del grave retraso que en renglones básicos afectan al departamento y a la ciudad. Las mismas causas, es ineluctable, generan los mismos efectos.


Es dable soñar con que los ciudadanos hastiados de las malas administraciones resuelvan votar en blanco y así impongan un cambio en la dirigencia. Los más de 50.000 votos en blanco de la jornada pasada ayudan a alimentar ese sueño. Sin embargo, poco probable es que así ocurra. Este año se eligen concejos y asambleas, lo que provoca una participación activa de un gran número de agentes políticos que convocan a votantes por amistad, por dependencia laboral, por favores políticos o por dinero. Es ingenuo pensar que el dinero dejará de rodar en estas próximas elecciones. Así, con una participación electoral alta, los votos en blanco necesarios para dar un golpe democrático son muchísimos más que los 50.000.


Ahora bien, lanzar un candidato que atraiga a esas perennemente invocadas mayorías silenciosas para que produzcan una ruptura decisiva es posible, pero el tiempo apremia y las dificultades son muchas.


Para que un candidato que se proponga un cambio fundamental pueda tener éxito es menester tiempo, mucho esfuerzo y que muestre recia independencia despejando la sombra de que se trata de cambiar una cuerda política por otra. Por ello, el candidato de la ruptura debe responder a las entrañas de la sociedad en lugar de ser el adalid de una élite, por distinguida y pura que ella sea. A la comunidad poco le llamará la atención cambiar un círculo gobernante por otro. Lo atractivo será que se trate de romper los círculos de poder, desactivar las redes opresivas de las familias y personajes dueños del poder público.


Es sensato pensar que los miles de votantes en blanco de la pasada elección de alcalde de Cartagena están desarticulados y carecen de matrícula grupista. Querer lanzar candidato a nombre de ellos parece más un acto de soberbia que un fruto del examen de la situación electoral de Cartagena.


Lo que esos 50.000 votos significan es que ha crecido la población que discierne y que está dispuesta a obrar sin recibir mandatos de nadie. En modo alguno puede interpretarse que exista un pacto tácito de crear una asociación de votantes en blanco, cual nuevo partido, cuyos integrantes estén dispuestos a seguir una senda prefijada por quienes se consideren dueños de ese caudal ciudadano. Una tal percepción produce rechazo por ser ofensiva de la autonomía de esos votantes en blanco.


Claro que ese descontento ciudadano es aprovechable si a captarlo y encauzarlo se dirigen movimientos cívicos, desprendidos de alianzas con los desacreditados clanes que hoy se reparten el mapa político de Bolívar y Cartagena, que se muevan en función de soluciones y de innovaciones, sin aspiraciones de convertirse en sustitutos de los círculos que se busca derrotar.


Por los hechos conocidos hasta hoy lo más probable es que las cosas sigan igual, que empeoren es eventual, pero que mejoren está muy en lontananza.


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