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Columna de opinión

Por Héctor Hernández Ayazo
febrero 16/2007


La protección de la vida


La muerte de una turista italiana y las graves lesiones soportadas por su esposo, cuyo móvil fue el despojo de sus bolsos y otras ligeras pertenencias, han obligado a opinar en voz alta sobre la cuestión de la seguridad en Cartagena y las repercusiones de la delincuencia.


El sitio de los acontecimientos fue el tradicional barrio de El Cabrero, colindante con el centro histórico y separado del mismo por el cordón de murallas. A pocos cientos de metros de las murallas se produce el asalto de los delincuentes.


Apenas obvio que las autoridades colombianas, en especial las de Cartagena, experimentaran desazón ante la difusión repetida de los hechos. Estas reacciones, legítimas por lo demás, atienden en forma primordial a la imagen de Cartagena.


Para muchos habitantes de Cartagena, en cambio, la inquietud no es tanto la difusión de la noticia como los sucesos mismos. Hace tiempo los asesinatos y los atracos son una constante en la ciudad. La sensación de peligro acompaña a muchos de los que concurren a un banco o a un cajero a retirar dinero, portan en forma visible una prenda llamativa o llevan algún bolso que pueda antojarse repleto de cosas de algún valor. Esa misma sensación la experimentan a diario bastantes personas al caminar por muchos lugares de Cartagena.


Entonces, lo honesto es reconocer que la ciudad pasa por un momento infortunado, pues el crimen se multiplica. Es deshonesto señalar que Cartagena es una ciudad segura cuando todos somos sabemos que en este año el número de homicidios es alarmante. Es deshonesto señalar que el hecho ocurrió en una zona lejana de las zonas turísticas.

Asusta que se crea argumento tranquilizador esto último de que el ataque a los turistas italianos ocurrió en algún lugar de la periferia, pues transmite el mensaje repudiable de que los crímenes que alarman son los que ocurren en determinados parajes, en tanto que los cometidos en la periferia no inquietan a las autoridades.


Es decir, resulta terrible encontrar que en las manifestaciones de algunas autoridades pareciera señalarse que la vida tiene distinto valor según el lugar donde se pierda y lo trágico de la realidad es que ésta conjuga con esas expresiones. Las muertes de la periferia no sobresaltan a las autoridades ni convidan a presurosos e intensos operativos policiales. No es aventurado decir que los muertos de la periferia están destinados a llenar los datos de una carpeta que se archiva sin remordimientos de conciencia de autoridades políticas, policiales o judiciales.


Es indudable que la reacción política y policiva ante la agresión a los turistas italianos fue correcta. Entristece que no siempre sea así. Entristece pensar y ver que otras muertes suscitan menos esfuerzos que los desplegados para recuperar la bicicleta robada en Cartagena al exalcalde de Bogotá, Enrique Peñalosa. Escandaliza moralmente imaginar siquiera que la bicicleta del exalcalde cuenta más en las preocupaciones de las autoridades que la vida de los habitantes de muchos barrios de la ciudad.


Dios quiera que, a raíz de este infeliz episodio, las autoridades locales se preocupen más por cumplir el deber constitucional de proteger a todos los habitantes del territorio en sus vidas que por tranquilizar a las autoridades de Italia; que aprendan nuestras autoridades que todas las vidas humanas merecen protección, que los responsables de todo homicidio deben ser perseguido con igual ahínco así los muertos sean humildes nativos y que las vidas de todas las personas valen más que una bicicleta cualquiera que sea su dueño.



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