Columna de opinión
Por Héctor Hernández Ayazo
noviembre 9/2007
El reto de ganar
Cartagena dio un vuelco electoral. Ganó la alcaldía una candidata que gozaba de mínimo acompañamiento de los políticos tradicionales y de escaso respaldo entre los concejales y ediles de la ciudad.
Con muchos más votos de los esperados, JUDITH PINEDO venció con amplitud a JUAN CARLOS GOSSAÍN, quien había figurado como el favorito en casi todas las encuestas y gozaba del respaldo elocuente del establecimiento distrital. Esa victoria de JUDITH PINEDO significa una ruptura que podría tener consecuencias trascendentales para la ciudad.
Que en estos cuatro años se dimensione una nueva política en que tomen el escenario nuevos actores, con distinto talante al de sus predecesores, y que se plasme una manera distinta de administrar la ciudad es cuestión que, de modo principal, depende de la decisión de la nueva Alcaldesa.
Los tropiezos para un cambio rotundo son muchos y la capacidad de sortearlos depende en buena medida de la sabia elección de prioridades y procedimientos. La Alcaldesa restregó en su campaña que Cartagena experimentaría un saludable cambio. Ese es el anhelo de la inmensa mayoría, aún de aquellos que por desesperanza vendieron el voto, se abstuvieron de votar o votaron en blanco.
Llegó el momento en que a la Alcaldesa se le acabó el discurso de la candidata y le toca empezar la acción. Gobernar tiene que ser un constante traducir en hechos los propósitos de la campaña electoral y del programa ofrecido a los cartageneros.
El mantenimiento del actual estado de cosas favorece muchos intereses poderosos y a muchas personas que ejercen influencia notable en distintos canales de expresión de la administración pública. Es previsible que esos intereses y esas personas dispongan obstáculos que impidan la materialización de un cambio. No hay que engañarse: desgreño y corrupción son una verdadera industria de la que viven muchos. Basta ver cómo algunos que en la actividad privada vieron disminuir sus fortunas corrieron a involucrarse en lo público para adquirir nuevo poderío económico, en tanto que otros siempre pobres alcanzaron holgura con el ejercicio de la actividad pública.
Para lograr una transformación real de la administración pública hay que insuflarle nuevo espíritu a todos los rodajes distritales. Es una modificación estructural la que se requiere. Sustituir un empleado por otro, entregar contratos a nuevos empresarios y realizar obras materiales distintas son efímeros cambios.
El cambio de fondo va más allá y en él la sustitución de burócratas y contratistas será un efecto fatal del saneamiento, pero el vuelco real deberá residir en un nuevo espíritu de la administración y un nuevo concepto de las relaciones con los asociados.
El optimismo que traslucen muchas gentes en Cartagena tiene razonable justificación. Si bien el camino es tortuoso, hay medios de llegar a la meta, si la Alcaldesa lo quiere. En sus manos hay un ramillete de oportunidades, cuyo juicioso empleo será decisivo.
Reforma tributaria 2007
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