Columna de opinión
Por Héctor Hernández Ayazo
agosto 10/2007
Razones por el pesimismo
Es evidente que Cartagena muestra un gran empuje en la construcción y en otros ámbitos. Se palpa que existe interés por invertir en Cartagena y son múltiples los extranjeros de buena reputación y limpieza de capitales que miran la ciudad como escenario adecuado para desarrollar sus negocios.
Salta a la vista el potencial de la ciudad. Tierrabomba y Barú, la Zona Norte y las Islas del Rosario, brindan importantes oportunidades para desarrollos turísticos libres del ahogo urbano.
A pesar de la creciente inseguridad interna, para quienes sólo se preocupan por las acciones guerrilleras y de grupos paramilitares la ciudad brinda tranquilidad. En especial para el turista, de quien se piensa que debe limitarse a discurrir por los sitios "dignos de verse", y, por lo mismo, no tiene por qué preocuparse por lo que ocurra en los estratos distantes del turismo recreativo y de sus atracciones.
Todo eso es cierto. Como también que la ciudad aloja una inmensa cantidad de humanos que perviven en lastimosas condiciones. Sin atender a parámetros convencionales sobre líneas de extrema pobreza y rangos de miseria, lo visible es esa otra Cartagena con miles sin salud, sin alcantarillado, sin escuelas, sin techo y sin quehacer lícito para ganarse, ya no la vida, sino siquiera la ayuda para impedir la muerte por hambre o enfermedades curables.
Las elecciones, es el comentario cotidiano de quienes siguen de cerca el proceso electoral, están impregnadas de dinero porque su fin es el dinero. Quien gane la Gobernación de Bolívar y la Alcaldía de Cartagena va a disponer de un inmenso botín.
Algunas alianzas tienen más olor de pactos económicos sobre futuras distribuciones del presupuesto que de serias afinidades ideológicas o programáticas. Algunos buscaban con afán un patrocinio de cualquier avalista autorizado con la sola finalidad de negociar en el camino el retiro de la contienda por espacios en el presupuesto respectivo.
Los dineros corren sin que haya Consejo Electoral, Procuraduría o Fiscalía que los perciba a pesar de que algunas candidaturas tengan el sello de generosos patrocinadores cuyos nombres propios son repetidos sin sigilo por las gentes. Ahora el país simula el candor de tener como ilícitos solo los apoyos económicos y de direccionamiento de voto provenientes de los paras.
Con ese mismo candor cerramos los ojos para no ver los dineros de los empresarios que compran anticipadamente los contratos y el derecho de manejar los recursos de los entes públicos, cerramos los ojos para no ver a los alcaldes en acción tomando los dineros oficiales para orientarlos a favor de determinado candidato, cerramos los ojos para no ver el acoso laboral y contractual de las administraciones para presionar la dirección del voto y cerramos los ojos para no ver las manchas en las hojas de vida de algunos aspirantes.
Con ese candor veremos repetirse en el Departamento de Bolívar y en Cartagena administraciones tan desastrosas como las que están para expirar.
Por esto y muchas otras razones, cualquier espíritu reflexivo comprende que un cambio real es muy improbable que llegue en el próximo octubre. En concreto, la otra Cartagena parece condenada a seguir existiendo sin remedio.
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