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Columna de opinión

Por Héctor Hernández Ayazo
mayo 04/2007


El respeto político a sí mismo


En el comportamiento social, las gentes procuran evitar entrar en contradicciones en las convicciones que expresan. En el ámbito académico, un expositor de valía evita con rigor incurrir en contradicciones, salvo que con valor deba rectificar un criterio que considere superado. Es el respeto por sí mismo. Lo que impide, por ejemplo, a un tratadista de derecho salir a alegar en un tribunal algo contrario a lo que indica en su libro, o a un juez -cuando pasa a litigante- sostener puntos de vista contrarios a los que aplicó en sus sentencias. Es el respeto al hecho propio, a la dignidad personal.


Entre nosotros, empero, ocurre que toleramos la curiosa tesis conforme a la cual, como la política es vista como una actividad con mínimos de ética, en los hombres públicos es aceptable que cambien de partidos, movimientos, ideas y conductas, relevados de explicaciones. Como en un torneo de jugadores tramposos, acá también las reglas las dictan las conveniencias, esto es el egoísmo, pues nuestros partidos, movimientos, grupos y personajes políticos, por lo general, más buscan sus particulares conveniencias que el bien del país. En ese orden de ideas resulta lógico que la honradez en las convicciones y procederes sea cuestión de poca monta.


Desde luego, ante ese andar reñido con la moral y el pudor públicos, la corrupción imperará, tal como nos acontece, en todos los ámbitos de la vida pública.


Para darse cuenta de la doble moral que impregna la vida política colombiana basta escuchar a los críticos del gobierno sus reproches y confrontarlos con lo que ellos o algunos de ellos hicieron cuando eran gobierno, por una parte, y tomar los pronunciamientos y acciones del gobierno y cotejarlas con lo que sus miembros o algunos de ellos hicieron cuando fueron oposición o cuando gobernaban otros.


La regla nuestra pareciera ser que todo se permite en la vida pública. Es normal entre nosotros que un candidato a concejo, alcalde, diputado o gobernador ande pregonando que todavía no ha decidido por cuál partido o movimiento aspirará, pues primero está estudiando la oferta de los distintos partidos o movimientos. Es una impúdica confesión de que no se tiene ataduras ideológicas con ningún partido o movimiento y que lo único que interesa es ganar unas elecciones como asunto personal: obtener gobierno.


Por su parte, los partidos y movimientos dan muestra descarada de estar en un mercado electoral en que toda mercancía es vendible cuando, lejos de repudiar a estos mercenarios políticos, emulan por conquistarlos y arroparlos con su bandera.


A los partidos y movimientos les falta disciplina y seriedad. La indisciplina de sus miembros podría explicarse por las ambiciones desordenadas, pero la falta de seriedad de sus jefes es injustificable.


En este nuevo evento electoral que se avecina se avanzaría en la depuración de las costumbres y en la recuperación de la moral, si los jefes de los partidos se abstuvieran de regalar avales o de sacarlos a subasta para adjudicarlos a quien más pague por ellos.


De ese manera, entre otras cosas, se acabaría con aquellos aspirantes cuya única finalidad es entrar al debate para en el camino vender su renuncia, o su permanencia legitimante, a quien creen que va a ganar. Así dejaríamos de encontrar que ser vencido es una manera de garantizarse cargos prominentes y cuantiosos contratos.


Nos falta que los jefes de los partidos sientan respeto político por ellos mismos. Quizá entonces empiecen a tener respeto por los electores y por los demás ciudadanos.




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