Columna de opinión
Por Héctor Hernández Ayazo
enero 12/2007
Un triunfo de la sociedad
Sin regateos de ninguna especie, la recuperación de la libertad por el exministro Fernando Araújo Perdomo hay que celebrarla como un triunfo de la sociedad y una derrota para la delincuencia.
Ese triunfo, como con reiteración lo ha indicado el propio Araújo, fue posible por la tenaz acción de las fuerzas armadas que no dejan un instante de tranquilidad a la guerrilla. Sin el acoso militar la fuga del exministro habría sido imposible.
La acción militar significaba también un riesgo para el secuestrado por cuanto era posible que los guerrilleros cumplieran la amenaza de eliminarlo ante un intento de rescate o que fuera blanco del fuego militar. Sin embargo, desatada la operación militar, ésta creó las condiciones propicias para que el cautivo emprendiera la exitosa fuga.
Ciertamente no es predicable que en todas las oportunidades se conjuguen las mismas circunstancias, que los actores obren del mismo modo y que el desenlace sea feliz.
En este caso hubo éxito pleno y la sociedad de las personas de bien debe sentirse dignificada con que uno de sus miembros vuelva a la libertad. El fracaso del delito es un suficiente motivo para que una sociedad oprimida y atemorizada sienta satisfacción y alegría.
Es llamativo que en Colombia han sido muchas las voces que se han propuesto minimizar hasta el extremo el papel jugado por las fuerzas armadas. Pareciera que un mezquino afán de negarle todo reconocimiento al estamento militar y al gobierno conturbara a algunos espíritus hasta llevarlos a concluir que esta liberación se produce sin concurso militar o sin que la labor de los militares merezca aplauso. Es el interés desmedido en ver malo todo cuanto acontece bajo el gobierno del presidente Uribe.
Por otra parte, la visión de todo rescate militar como una segura condena a muerte de los secuestrados y la afirmación de que sólo es viable el regreso de los cautivos en virtud de un acuerdo humanitario presenta aspectos débiles preocupantes. Concebir el acuerdo humanitario como único remedio racional conduce a fortalecer el papel de la guerrilla, pues bien sabido es que a la hora de negociar tratará de obtener desmedidas ventajas sabiendo que la fortaleza del gobierno está desgastada por obra de los propios conciudadanos que le imponen el acuerdo y le deniegan la capacidad de utilizar la fuerza armada.
De otro lado, la guerrilla pasaría a gozar de un beatífico estado de tranquilidad en sus campamentos con secuestrados pues tendría la certeza de que el temor a la inmolación de los cautivos serviría de salvaguarda contra cualquier aventura militar. Es decir, tener secuestrados garantiza el quietismo militar.
Esa consideración, muy a pesar de lo que puedan pensar los ciudadanos que pregonan el acuerdo humanitario como único camino, estimulará en la guerrilla los secuestros, pues habrá encontrado el mecanismo infalible para rendir al gobierno. Por el mismo sendero podría transitar la delincuencia común.
El simplismo en las definiciones de asuntos que presentan cada vez distintas características es peligroso. Por lo mismo sentar reglas generales absolutas trae severos inconvenientes. Uno de ellos sería el de admitir como dogma que los delincuentes que retienen cautivos no deben ser molestados.
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