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Columna de opinión

Por Héctor Hernández Ayazo
marzo 15/2006


Mi visión de las elecciones


Es válido afirmar que en términos generales la jornada electoral del día 12 de marzo cumplida en Colombia se desarrolló sin sobresaltos políticos, pues ocurrió lo esperado: victoria contundente de los partidos que apoyan al gobierno y derrota de la oposición.


El Polo Democrático obtuvo más curules en el Senado, pero su porcentaje en la votación general se comportó conforme anunciaban las encuestas: alrededor del 10%.


El Partido Liberal oficialista quedó en sus justas proporciones si se tienen en cuenta las deserciones ocurridas desde hace cuatro años, cuando se enfrentó al candidato Álvaro Uribe Vélez. No hay tal encogimiento extraño de la militancia de ese Partido, sino que ella se dividió, por lo menos, en tres grandes segmentos: el oficialista, la U y Cambio Radical. Amén de ello, en partidos chicos la mayor parte de su militancia se nutría de liberales en disidencia. Si se suman todas esas vertientes allí está aproximadamente la tropa del otrora imbatible Partido Liberal, por cuya reunificación ya claman algunas voces de distintas vertientes.


Desde esa perspectiva, el Partido Conservador sí ha sufrido encogimiento en los últimos debates electorales, pues no llega hoy al 20% del electorado cuando, en cambio, sus grandes electores en inmensa mayoría han permanecido fieles al Partido o retornado al redil. Es cierto que existieron algunas deserciones, pero en pequeña medida. Así que cuando se celebra la victoria sobre el Partido Liberal se está montando la fiesta sobre una visión irreal. Pero, para ser justos, el Partido Conservador recibió en las urnas más de lo que estimaban las encuestas.


Peñalosa y Mockus representan dos grandes descalabros, no para el mapa electoral nacional, sino para sus campañas. Gozaron en el plano nacional de una imagen agigantada con respecto al pobre caudal electoral logrado para el Congreso. Para el primero, su propio nombre no sirvió para concitar apoyo superior al que le daban las encuestas, y para el segundo el respaldo a la lista de sus amigos fue más pobre que el prestigio de que goza el exalcalde Mockus.


Que Carlos Gaviria haya derrotado en la consulta del Polo a Antonio Navarro es una sorpresiva definición del pleito de investiduras dentro del pequeño mundo de la izquierda electoral colombiana. Tendrá repercusiones en las luchas internas de la izquierda, pero pocas en el panorama general de la política colombiana.


La definición de fondo es que en el mundo de los electores, ese mundo que decide en las urnas, el Presidente Uribe es el gran ganador. La campaña de los opositores se enfrascó en el negativismo: Uribe no, TLC no, seguridad democrática no y así muchos otros noes. Ese mensaje de la negación no caló en las gentes. A la oposición le faltaron lenguaje y mente positivas. Necesitaba ofrecer construir, más que transmitir un mensaje de destrucción.


Los caciques mantuvieron sus feudos. El voto preferente, por regla general, premió a sus jefes habituales. A pesar de los cambios de toldas. Pese a todo ello, justo es reconocer que a la Cámara de Representantes llega una mayoría de caras nuevas y aunque ello no implique necesariamente ideas nuevas sí habrá de imponerse alguna renovación en estilos, procedimientos y tendencias.

Lo del paramilitarismo también fue una recurrente excusa anticipada de algunos perdedores y un caballo de batalla de oposición. Desde hace décadas se habla de los actores armados. Antes fue la guerrilla, que se decía elegía, por ejemplo, en el Sur de Bolívar. Ahora eran los paras. El real gran elector, por lo menos en Bolívar, fue el dinero que derrocharon con generosidad ganadores y perdedores, y sin el cual la abstención habría sido mayúscula.


La campaña presidencial amenaza ser tediosa. Fuera de propuestas irresponsables como decir que mañana podrá haber salud, educación y vivienda gratis para todos, poco se augura por lo conocido de los candidatos que hace tiempo están en la palestra. Pues, en verdad, no hay candidatos nuevos. El doctor Serpa mantiene su discurso de hace ocho años y el Presidente Uribe el de hace cuatro. Los otros candidatos no parecen llamados a tener una presencia perturbadora para el debate, hoy bien desequilibrado, entre Serpa y Uribe.




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