Columna de opinión
Por Héctor Hernández Ayazo
marzo 08/2006
Las Elecciones de Congreso
Es lugar común hablar de que las elecciones son una cita con la democracia y frase manida que en ellas se decide el porvenir de Colombia. Es bueno olvidar esa rimbombancia. Las próximas elecciones, a pesar de los cambios institucionales, presentan aristas que las distancian de un verdadero certamen para que el pueblo imponga el modelo de gobierno que en verdad desea.
En primer lugar, el país vivió el triste espectáculo de los aspirantes tocando puertas y regateando posiciones y gabelas para ver en qué partido se acomodaban mejor sus intereses personales. Sin debate de ideas, esos intereses fueron los determinantes. De allí que vimos gente corriendo del Polo a Cambio Radical, del Conservatismo a la U y a Apertura Liberal, del Liberalismo a otros partidos. Algo como mercenarios de la política: métame en su lista con buenas gabelas y yo defenderé lo que usted me diga. Y entre otras cosas, muy poco que defender porque los partidos viejos y nuevos, en general, mostraron lemas pobres y escasez de programas.
En segundo lugar, don dinero tiene importante vigencia. Es posible que Apertura Liberal sea el partido más votado en Bolívar y que por su éxito partidos en lo nacional fuertes queden sin representación en la Cámara por Bolívar. ¿Hay alguien en Bolívar que pueda escribirnos diez líneas sobre el pensamiento político que constituye la doctrina de ese partido? Seguramente ni sus candidatos. No se puede pensar ingenuamente que sea el carisma irresistible de un joven recién llegado a la política, sin ejecutorias y sin programas conocidos, lo que motivará esa votación.
Y este no es el único caso, porque en el país hay varios partidos que han cumplido la función reclicadora o colectora de cuanto desechan los demás. Son al modo de máquinas lavadoras de candidaturas.
En tercer lugar, en casi todas las listas hay visibles lunares. La labor de depuración se quedó corta. Muy pocos partidos pueden afirmar con veracidad que sus listas están integrada por gentes sin tacha.
En cuarto lugar, el voto preferente trae dos deformaciones graves: una, mantiene el sistema de las empresas electorales personales y familiares. La campaña es poca por los partidos y mucha por los números. Más que vote liberal, conservador, por el Polo o la U, lo que se ve y escucha es vote 35, 104, 38. La otra deformación que patrocina este sistema es que la gente no bien informada –que es bastante- cree que su voto es solo para la persona de su simpatía y no entiende que en caso que ésta no salga ese voto se sumará a otra persona de buen puesto a quien el elector a lo mejor no quiere elegir. Esta deformación es grave por cuanto la gente no está votando por un partido, sino por una persona.
En quinto lugar, se ha buscado jugar con los delfines como ejemplos dignificantes de la democracia, abriéndoles cupos preferenciales por ser delfines y por explotar sus apellidos. Se confirma por este medio la política como un club en que vale el derecho de sucesión de muertos y vivos. Ilustra mucho esta situación la que se dice fue la propuesta del doctor Gaviria, como jefe único del Liberalismo, al excluido doctor Luis Daniel Vargas Sánchez: acepte usted salirse e indique uno de su familia que ocupe su lugar.
Por último, el sistema electoral no muestra más confiabilidad que antes. El Consejo Electoral no da trazas de ser un tribunal respetable y acatado, en tanto que la Registradora no convence sobre su eficiencia.
En ese panorama hay poco atractivo para un buen ciudadano, porque la inmensa mayoría de las listas no reflejan ni un real cambio ni una convicción de transformar el país y sus costumbres políticas.
Por fortuna, ya estamos a pocos días de terminar esta aburrida campaña para Congreso, cuyos episodios de interés han sido las expulsiones, las acrobacias de acomodamiento de muchos aspirantes y los esfuerzos de mercadeo de dirigentes para sustraer candidatos a la competencia.
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