Columna de opinión
Por Héctor Hernández Ayazo
noviembre 3/2006
No es casualidad ni suerte
Bolívar ha salido muy mal librado en las pruebas a que se someten sus bachilleres: con Chocó, emulamos por el escalafón más bajo de la medición de la calidad de la educación pública en la Nación que traducen los exámenes Icfes.
De primera mano se puede acudir a echar la culpa a muchos: a los estudiantes por no estudiar, a los padres de familia por no estar atentos a que sus hijos acometan la tarea del aprendizaje con seriedad, a los profesores por enseñar poco o enseñar mal o no enseñar a estudiar, a los violentos por perturbar la tranquilidad de las escuelas y hogares, a los violentos por desplazar a familias con estudiantes, a los violentos por disminuirles la capacidad económica a los padres e impedirles que puedan sostener en forma adecuada a sus hijos estudiantes, a la pobreza porque priva de recursos para comprar libros y uniformes y alimentación, en fin, a un nutrido grupo de factores.
Para mí tengo que todos esas causas y muchas más son valederas, inciden en el problema y determinan nuestro pobrísimo resultado, lo que no me impide ver con claridad que la causa mayúscula, la gigante, la determinante, es otra: el manejo deshonesto, desgreñado y negligente de los gobiernos departamentales y municipales en Bolívar.
La educación, al igual que la salud, han sido tradicionales engranajes decisivos en el poder político. La multitud de cargos y la proximidad a los electores aseguran cosechas de votos y otros premios para quienes administren la salud y la educación con desvío de los intereses de la socedad. Es evidente que algunas familias políticas se reservaron, como feudo privado, el manejo de esos renglones y con su empleo pervertido lograron consolidar un considerable poder político.
Las sumas de dinero que se mueven en ambos segmentos son considerables y como tocan a mucha gente, permiten toda clase de negocios -honestos o turbios- y, además, con aparente legitimidad arrancar adhesiones políticas y contribuciones económicas. La misma lógica del aprovechamiento político desdoroso de los cuantiosos recursos destinados por el gobierno a la educación y a la salud determina que su manejo se coloque, con excepciones contadas y honrosas, en manos impropias.
En suma, tenemos una educación de la misma calidad de los gobernantes que la administran. Dicho en otras palabras, la educación y la salud son el reflejo de la situación administrativa actual de Bolívar y de sus municipios, incluyendo al Distrito de Cartagena.
Es ingenuidad esperar que en un ambiente de ineficiencia administrativa y corrupción generalizada, los segmentos ricos en recursos como la salud y la educación puedan ser modelos, como ínsulas separadas.
Es candidez esperar que el panorama cambie si seguimos eligiendo gobernantes de la misma calaña. Mientras no se remuevan las causas del mal, los efectos perniciosos seguirán multiplicándose. No podemos seguir cerrando los ojos y las entendederas para negarnos a admitir que con malos gobernantes es imposible obtener buenas administraciones.
Bolívar y Cartagena andan mal en educación, salud, recreación, medio ambiente, parques, vías y tantas otras cosas, más que por pobres, por mal administrados.
Si queremos salir de este retraso de infelices y duraderas consecuencias, tanto en salud como en educación, en formación de buenos ciudadanos y construcción de una administración eficiente, el primer paso indispensable es elegir buenos gobernadores y alcaldes, y para ello hay que romper con el sistema y elegir gentes en divorcio con el establecimiento político imperante.
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