Columna de opinión
Por Héctor Hernández Ayazo
octubre 27/2006
La Costumbre de hablar de muerte a montones
Llama la atención el distinto rasero que tienen algunos medios en sus noticias. Cuando de muertes por violencia se trata, un muerto es poca cosa, es cuestión de mínimo registro a menos que el fallecido sea alguien notorio en la política, la economía, la cultura o la vida social. Las masacres sí captan la atención. Por eso el muerto cotidiano en los barrios de las ciudades merece una simple y pequeña mención, a veces dejando anónimo al fallecido.
Un maltrato infantil, que a un niño se le hayan producido quemaduras en una mano verbigracia, ora porque hurtó unas monedas ora porque golpeó a la madre, son aireados con exuberancia de detalles y con impresionantes deducciones generalizadas, que harían pensar a cualquiera que es el acontecer continuo en todo el ámbito del país.
Nadie duda que el maltrato a un niño, ya quemarle la mano ya encadenarlo para que no se escabulla de la casa, es un horror. Pero es evidente que la muerte de un humano es un peor horror.
Sin embargo, hay la peligrosa tendencia en algunos noticieros de televisión y otros medios masivos de comunicación a perder de vista la gravedad de los hechos y su número real. No quiero decir que se callen los crímenes menores, no. Lo que quiero decir es que no es bueno escandalizar con el hecho de que un enfurecido progenitor golpeó con saña a un menor y al tiempo tratar con displicencia o sordina un asesinato.
Con motivo del explosivo detonado en la Escuela Superior de Guerra en Bogotá, en la emisión de noticias de una de las principales cadenas de televisión del país, un comunicador, muy orondo, desde el teatro de los hechos, afirmaba que para fortuna el atentado no dejó víctimas que lamentar, pues sólo se habían contado 23 heridos, algunos de los cuales registraban un estado que reclamaba cuidados intensivos. Para este comunicador, 23 heridos no son hecho que lamentar, ni siquiera si son heridos graves. Esas dos decenas de heridos no eran una tragedia para el comunicador; requerían morirse para constituir tragedia y merecer lamentaciones.
Sin pretender generalizar, el hecho es relevante y muy expresivo. Descarto que el comunicador esté herido de ignorancia tal que desconozca que víctima es todo el que sufre un daño; descarto que haya obrado con malicia para decir que esos heridos no merecían una solidaria lamentación de sus compatriotas. Entendí a cabalidad que su mensaje era el de indicar que ante la falta de muertos la calificación del episodio criminal era la de casi inofensivo.
Precisamente, esa interpretación es lo que alarma. Que el periodista ignorara el sentido de la palabra víctima sería reconfortante, pues lo criticable de su mensaje es que en el alma de los escuchas queda que las lamentaciones debemos dejarlas para las masacres y no para los heridos, aun cuando en los subsiguientes días oigamos los desgranados informes de que algunos heridos soportarán mortificantes secuelas perpetuas o fallecen por causa de las lesiones recibidas en el atentado.
En ese mismo orden de ideas, cuando los gobiernos atienden sólo los hechos que los medios masivos de comunicación transforman en escándalo, se olvidan males quizás más graves que permanecen callados o se divulgan con poco ruido. Así en Cartagena parece que fueran intrascendentes los frecuentes asesinatos que ocurren en zonas de baja calificación económica. Quizá si los asesinos decidieran cumplir su nefasta tarea en un solo día del mes, nuestras autoridades y toda la sociedad reaccionaría, porque en ese día del mes hubo quince asesinatos, y en cambio no reaccionamos cuando ocurre un crimen cada dos días.
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