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Columna de opinión

Por Héctor Hernández Ayazo
octubre 20/2006


El Patial es apenas el fenómeno


La controversia sobre las fiestas o bando de EL PATIAL, en el barrio de Manga en Cartagena, es indicativa de nuestra sociedad y su dirigencia, así como del modo de abordar los problemas que afligen a la sociedad y la elusión de soluciones de fondo.


Dicen verdad quienes cuentan que en pasados años tales fiestas se convirtieron en ferias de desorden, irrespetos y libertinaje. Aciertan quienes señalan que en su desarrollo se estorba el libre tránsito de vehículos y personas, se pone en peligro la integridad física de las personas y se escandaliza u ofende a muchas otras por parte de desenfrenados participantes. Cierto que esas fiestas son negocio para algunos.


Ese es el fenómeno, lo que aparece: un festival impregnado de abuso, francachela, vulgaridad y desorden, por algunos participantes, no todos por fortuna; y, por otra, unos moradores acorralados que no se atreven a poner pie en las calles del jolgorio a menos que vayan a integrarse al escenario.


La solución está en prohibirlo, se dice, y aprovechando que el Alcalde es residente en el barrio y presunto afectado al igual que algunos concejales y altos funcionarios de la administración de turno, es fácil que se tomen "medidas de saneamiento" cuales la militarización de la zona que impida a los exaltados fiesteros la realización del certamen.


Lo primero que repugna es que la prohibición se da porque el alcalde y otros integrantes del equipo de gobierno son los afectados. Imposible que ellos, con el mando en sus manos, se dejen molestar con ruidos, buscapiés, obscenidades y embarazos para la circulación y, menos aún, que tales molestias ofendan a sus familias. O sea, si la molestia fuera para los demás no habría prohibición.


Así se explica que el diario ruido que por amplificadores de sonido, desde las 5 de la mañana, difunde alguna escuela de ejercicios físicos cerca del muelle turístico y que ofende el descanso y el sosiego de muchos vecinos no reciba prohibiciones. Ni el alcalde ni sus concejales ni sus altos colaboradores son perturbados por ese hecho.


Como tampoco lo son por quienes desde la medianoche trasladan sus parrandas, con música en alto volumen, a las bahías de parqueo en la avenida Miramar del mismo barrio. Pues que ellas no quitan el sueño ni al comandante de la policía, ni al alcalde ni a sus concejales ni a sus altos colaboradores.


Tampoco ofende al alcalde la recua de animales que con motivo de las fiestas de la Virgen de la Candelaria estorban en algunas calles del Pie de la Popa y Manga, depositan excrementos por doquier y montados por jinetes -algunos de ellos gritones, groseros o embriagados- también perturban la paz de algunos sectores. No ofenden porque ni comandante de policía ni alcalde ni concejales ni altos funcionarios son las víctimas. Y ¿qué decir de las zonas verdaderamente marginadas donde la autoridad como signo de buena administración y de garantía de orden es esporádica?


Es decir, se patentiza aquí el empleo selectivo de la autoridad y la desigualdad de los ciudadanos. Hay que tener de vecino al comandante de la policía, al alcalde y su cohorte y a los concejales para gozar de la efectividad de derechos fundamentales como la tranquilidad.


La prohibición hoy es necesaria, no cabe duda, porque se ha demostrado la imposibilidad de una fiesta dentro de marcos de orden y respeto al derecho de los demás y, lo que más debe subrayarse, está probada la incapacidad de la autoridad para amparar los derechos de los moradores e imponer buena conducta a los fiesteros desenfrenados.


Yendo más allá, es triste que el problema se declare resuelto con la prohibición de las fiestas y que no se mire que el desenfreno y la patanería de las muchedumbres son solo una expresión que aflora mientras las causas permanecen intactas. Una causa principal es la falta de educación. A resolver ese problema de fondo, vital para la sociedad, es hacia donde debe apuntarse.


Repito, está bien la prohibición como medida transitoria, pero la falencia básica denunciada por el fenómeno es la falta de buenos ciudadanos por carencia de estrategias efectivas y completas para impartir esa educación. Principiando porque el comandante de la policía, el alcalde, los concejales y todos los funcionarios sean, de veras, buenos ciudadanos día y noche.


Y, sobra decirlo, no lo son cuando el cumplimiento de su deber y el desvelo por la tranquilidad y sosiego de la comunidad, entre otras cosas, es selectivo, vale decir, desigual.


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