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Columna de opinión

Por Héctor Hernández Ayazo
octubre 11/2006


Turismo y vendedores estocionarios y ambulantes


Es evidente que los vendedores en las aceras estorban a todos los transeúntes y convierten en peligro el caminar por algunas zonas de la ciudad pues el peatón está forzado a tomar la senda reservada a los automotores. Es evidente que las cocinas callejeras ofrecen riesgos graves. Es evidente que los quioscos y demás parapetos de vendedores estacionarios son una ocupación impropia del espacio público.


Cartagena está invadida de vendedores estacionarios. Y de vendedores ambulantes, de veras caminantes, que hostigan al presunto cliente con persecuciones y asedios exasperantes.


También es cierto que algunos empresarios turísticos han organizado sus negocios de modo conveniente, procurando la prestación de un servicio óptimo, y han hecho inversiones significativas. Esos empresarios tienen derecho a pensar que la profusión de vendedores en aceras y calles y en cualquier espacio público lesiona sus negocios pues importunan al turista y pueden inducir a que éste desista de volver a Cartagena o de visitar algunos sitios.


Mas, no todo empresario turístico es ejemplo de responsabilidad. Nuestra infraestructura de servicios al visitante flaquea y bastante, y no sólo por culpa de los vendedores callejeros.


¿Qué tal encontrar en la Avenida San Martín un reputado negocio de comidas rápidas con un aviso que le indica a su clientela que por motivos de remodelación no tiene servicio de baños? ¡Vaya atrevimiento contra residentes y extraños! Lo ético es que ese negocio cerrara sus puertas hasta cuando arreglara los baños. Pero sucede y sucede en la primera calle turística de Cartagena, sin que Dadis ni entidades por el estilo lo vean.


Y así como ocurre este caso, en otros restaurantes las condiciones de higiene son precarias. A la vista de los consumidores se manipulan, procesan y dispensan alimentos por personal con el cabello descubierto, sin tapabocas, sin guantes. ¿Acaso esa falta de higiene no es un disuasivo para todos los consumidores?


Y concurre el turista al supermercado en búsqueda de frutas y encuentra una indeseable oferta en que pululan las maltratadas y luego observa atónito que si adquiere las que el almacén ofrece en canastillas, mochilas o bandejas, allí una buena porción está estropeada o pasada de maduración. Es deshonestidad que afrenta al consumidor. Y que retira turistas, aunque ninguna autoridad lo quiera ver.


No digamos de la incomodidad si le toca concurrir a un banco. Difícil que el acompañante encuentre donde sentarse, mientras el cliente tiene que hacer cola. Y si desea entrar a un cine, tampoco encontrará sitio cómodo de espera.


Desde luego, ya él sabía lo que le esperaba pues al salir del aeropuerto encontró que por ser esperado por un amigo fue castigado con la obligación de caminar con su equipaje, sin poder abordar el vehículo en las inmediaciones de la sala de reclamo de equipajes. Y cuando se vaya encontrará que en el aeropuerto al viajero y a sus acompañantes le tocará permanecer de pie.


¿Cuántos negocios que esperan afluencia de compradores cuentan con sitio de parqueo? Y, peor, cuando lo hay, al frente está un ofensivo aviso en que el negocio advierte que presta el espacio pero que el riesgo del automotor es del cliente. Como para que el turista sensato siga de largo, al presentir la desvalijada de su vehículo.


Entonces, hay que convenir que todavía falta recorrer mucho camino para que el gran conglomerado de empresarios turísticos asuma una cultura de servicio al cliente y muestre preocupación por el cliente. Esa que falta en las discotecas sin salidas de emergencia, por ejemplo.


Por todo esto, y mucho más que el espacio no permite decir, es un sofisma señalar que vendedores estacionarios y ambulantes son el único lunar para el turista. Falta mucho en gran parte de nuestros empresarios.


El problema de los vendedores existe, es grave y es insoslayable. Es causado por la falta de administración, tanto en el sentido de autoridad como en el sentido de gobierno para buscar soluciones. Es problema de toda la ciudad. Preocupa que al turista le mortifique, pero esa misma preocupación hay que sentirla por todos los habitantes de la ciudad que padecen la mortificación sea en el estrato uno o en el seis. Pensar en resolver el problema solo en la zona turística es agraviar a los residentes de la ciudad.


Cartagena debe ser amable primero para sus residentes y luego para los visitantes. Es absurdo imaginar una ciudad destinada a la felicidad de los huéspedes y a la desdicha de sus habitantes.


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