Columna de opinión
Por Héctor Hernández Ayazo
septiembre 27/2006
La Cartagena Hostil
Cartagena es una ciudad hostil para sus propios residentes. Desenvolverse en ella significa pasar el día presto a padecer una serie de incomodidades y disgustos que reflejan la falta de interés de los gobernantes por el bienestar de los habitantes.
La movilización en automotores es una aventura llena de desagrados por el desorden común en la conducción y por los incesantes obstáculos materiales y humanos. Ora es la rotura de calles o el arreglo de ellas, ora la interposición de carretas y parapetos de vendedores estacionarios, más allá es un vehículo detenido en zona prohibida y de manera perturbadora, adelante es la caprichosa determinación de la autoridad que ordena pasar por otra calle, y en todas partes la circulación aturdidora y desordenada de motos adicionada al caótico y despreocupado deambular de peatones por las calzadas. Y quien viaja en vehículo colectivo, dispóngase a tolerar las patanerías de un malhumorado conductor que tan pronto acelera con audacia o reduce la velocidad a límites torturantes para los afanados por llegar a su destino, con el potencial agravante de que en cualquier momento el conductor declare terminado el viaje y obligue a los indefensos pasajeros a procurarse otro medio para culminar su recorrido.
La movilización peatonal es otra aventura. Las aceras ocupadas por ventas, reparadores de aires acondicionados, confeccionistas de artesanías y baratijas, peligrosas cocinas callejeras u obstáculos colocados por los comerciantes en el afán de liberar los frentes de sus establecimientos de la ocupación de los vendedores, y la oleada de calor que hacia la calle lanzan los equipos de aire acondicionado colocados en edificios públicos o privados a baja altura, o los hornos colocados con especial cuidado para que impulsen el aire cálido a la vía pública.
El ruido se esparce por todas partes. En almacenes y tiendas se difunde música en volúmenes exagerados, en otros comercios micrófono en mano algunos vendedores promocionan sus mercancías, en las aceras los vehículos detenidos mantienen encendidos equipos de sonido a niveles ensordecedores y ni siquiera las zonas de recreación se liberan de esta contaminación pues cuando no son los fiesteros que las toman para prolongar hasta el amanecer sus ruidosos regocijos, son los promotores de cultura física quienes por altavoces difunden instrucciones de ejercicios o música.
Poco es lo que se diga sobre la calamidad de hacer trámites ante oficinas públicas distritales. El DATT es un ejemplo sencillo de la dificultad para siquiera caminar en el edificio y llegar hasta el despacho en que debe ser atendido el usuario. La Secretaría de Hacienda es el prototipo de lo calamitoso para que el usuario reciba pronunciamiento correcto sobre sus pretensiones: ensaye alguien una reclamación catastral y ya verá el tortuoso sendero que debe recorrer. No hablemos de la venalidad que aflora por todas partes y que sólo acepta como disuasivo o paliativo la intervención de un alto "padrino" político. Porque para nadie es secreto que el gobierno, departamental y distrital, está parcelado y cada porción tiene su dueño y señor sin cuya permiso nada puede resolverse favorable a los intereses del solicitante. Los trámites se convierten en acciones que tienen precio en dinero o en gracias que dispensan los señores y dueños de la sección gubernamental de que se trate.
Los gobernantes piensan que tienen derecho a disponer de los derechos fundamentales de los asociados. Con exquisita frecuencia conceden licencias para perturbar a los demás y aún para producirles quebranto en sus intereses económicos. Para el bien de unos pocos se molesta a muchos. Se cierran calles y plazas, se dan permisos para producir algarabías en zonas públicas como si el regocijo tumultuario fuera una obligación para todos, y a nadie importa cuánto pierde el empresario cuyo comercio se ve obstaculizado por estas medidas, ni el enfermo que no pudo desplazarse hasta el consultorio de su médico, o el profesional que no cumplió sus deberes.
Para colmo, la ciudad no es un modelo de limpieza y los malos olores aparecen por distintos sectores de la ciudad en niveles hostigantes. Excrementos de animales saturan calles y aceras, y en estas últimas además hay que sortear los huecos en que el descuidado tiene asegurada una fractura.
Este cuadro no es un invento de un malqueriente de la ciudad ni de sus autoridades. Es el sencillo escenario en que todos los días hay que desenvolver las actividades y en el que se palpa que el bien común no es cuestión que desvele a las autoridades. A éstas, en cambio, les embarga angustia por la felicidad de algunos visitantes, y en su empeño por garantizarles comodidad no vacilan en molestar y ofender a los residentes, como si éstos no tuvieran derecho al bienestar y no fueran quienes sostienen la ciudad con su trabajo y sus impuestos.
Reforma tributaria 2007
enero 26/2007
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