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Columna de opinión

Por Héctor Hernández Ayazo
septiembre 20/2006


Se busca un buen Alcalde


Que entre dos autoridades, un modesto agente de policía y un alcalde de Cartagena, haya existido altercado y que se acusen de recíprocas agresiones físicas deja en claro, sin tener que ver quién fue el culpable, que andamos mal de autoridades.


Porque el hecho evidente es que un ciudadano investido de poder público no tiene por qué golpear a otro por el simple hecho de que ese otro cometa una infracción en la conducción de un automotor. No importa quién fue el agresor. Ni el alcalde tiene derecho a pegarle a nadie ni tampoco el agente de policía.


Ese altercado, en término de agresión, ni siquiera es aceptable entre buenos ciudadanos. Y esa es la lección que deja el episodio: en Cartagena carecemos de una clase extensa de buenos ciudadanos. Una de las causas de esa carencia es que tal objetivo no ha estado entre los propósitos de las autoridades. No hemos tenido un plan de desarrollo, por ejemplo, que fije como meta el alcanzar que los habitantes de la ciudad vivan como buenos ciudadanos. En algún documento de esa estirpe se habló de una mejor sociedad, pero la lectura del mismo documento permitía colegir que se trataba de una expresión con valor de slogan y no de un propósito serio. Como que una buena sociedad es imposible sin que primero contemos con los buenos ciudadanos que la conformen.


Esa tarea de formar buenos ciudadanos no parece que haya sido intentada como una meta definida. Es cierto que la educación escolar se endereza, en parte, a que las personas aprendan a comportarse en forma recta y a convivir de modo pacífico con sus semejantes. Ese esfuerzo escolarizado ha menguado con la supresión o pérdida de espacio de asignaturas como la cívica y la declinación de principios religiosos inspirados en el afianzamiento del respeto a los demás. Por otra parte, adicionado a esos factores, el crecimiento vertiginoso de la población de las ciudades ayuda a que se adopten conductas de indiferencia con los demás, que van desdibujando al prójimo como sujeto de respeto, y se llegue, donde la autoridad decae y es incapaz del diálogo permanente con los demás habitantes, a considerar que la respuesta violenta es un medio de solución de los cotidianos roces que apareja el vivir en grandes conglomerados.


Buenos ciudadanos se forman en largo plazo y una sociedad buena se construye con el paciente e ininterrumpido trabajo de generaciones. La educación escolarizada sola es un componente de la globalidad que se requiere para formar buenos ciudadanos. Otro muy o más importante es la conducta de los gobernantes, de quienes están investidos de autoridad. Si quienes se llaman gobernadores, alcaldes, magistrados, maestros, policías, en fin todos aquellos que tienen una potestad sobre los demás comunes habitantes de la ciudad, observan conducta desviada en el ejercicio de sus funciones, sembrarán mala educación y formarán malos ciudadanos.


No puede ser buen ciudadano un alcalde o gobernador, ministro o presidente, magistrado o maestro, que incumple citas, que convoca a estudiantes a un acto público y los deja bajo el sol por horas, que piensa que hacerse esperar es parte del protocolo y de su distinción, que miente a los gobernados con promesas falsas o imprudentes, que toma el espacio público como parqueadero privado, que transita por vía prohibida, que no respeta las indicaciones de las luces de los semáforos, y menos el que se lía a puños con un presunto contraventor.


Nosotros, tal vez por razones atávicas, hemos acendrado, en especial en nuestra Costra Caribe, el perverso modelo del funcionario como persona que está por encima de sus semejantes y de la ley. De allí que sea normal que el policía en su moto circule sobre andenes o zonas peatonales y el alto funcionario transite en contravía, pues a quien repudie estos hechos se le contestará que para eso se ejerce autoridad. Como si autoridad fuera poder por encima de las reglas.


La aplicación de ese concepto traduce una cotidiana violencia de la autoridad contra los ciudadanos que culmina en un ambiente hostil que será superado cuando las personas que ostentan mando público sean buenos ciudadanos. Y cuando tengamos buenos ciudadanos en el comando de la ciudad estaremos en posibilidad de formar la sociedad de buenos ciudadanos.


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