Columna de opinión
Por Héctor Hernández Ayazo
febrero 01/2006
SE INICIÓ LA GRAN AVENTURA
Piensan algunos que Cartagena ingresó en una era de progreso que la volverá una ciudad adelantada. Les gusta ver las calles cerradas e invocar que esas molestias son el augurio de un sistema moderno de transporte urbano. Sueñan con las calles y la avenida Pedro de Heredia libres de buses que paran cada veinte metros, en mitad de la vía y que lo estorban todo. Tendremos pronto una ciudad con nueva perspectiva se dicen regocijados. Transcaribe hará milagros.
Ahora, cuando se ha dado comienzo a las obras las cosas brindan otro panorama: mucha incomodidad presente y bastante que arriesgar.
Es innegable que a cualquier usuario del sistema de buses le resultará placentero mañana llegar en pocos minutos de la bomba El Amparo a la Torre del Reloj. Es incuestionable que ese dramático cambio resultará benéfico.
Lo que se arriesga es otra cosa. Es dudoso que pueda resultar una obra de belleza urbanística cuando se trabaja en espacios reducidos. Es difícil creer que en las escasas dimensiones de las avenidas Pedro de Heredia y Venezuela pueda realizarse un milagro de holgura en que cohabiten los buses articulados y el transporte privado. Más credible es que todo resultará apretujado y limitado.
Transcaribe está llamado a hacer el milagro de lograr una avenida principal sin buses ni busetas de transporte público andando sueltas y por donde les venga en gana. Los buses articulados rodarán por espacios prefijados, no compartidos con nadie. Ése es el milagro buscado.
Los buses escolares seguirán rodando junto con los camiones de cerveza, de gaseosas, de pan, de mudanzas, y compartiendo calzada con los carros fúnebres, con los coches arastrados por caballos, con las carretas tiradas por mulas y asnos, con las mototaxis, con las bicicletas y las carretas empujados por el hombre, con los taxis y los vehículos particulares, etc.
¿Habrá espacios generosos para todos? ¿O con la preferencia para Transcaribe, quedarán pequeños senderos para todos los demás? ¿Se disiparán los trancones para quienes no son Transcaribe?
De igual modo inquieta el tiempo de las obras. El inicio da señales de traspiés. Los vendedores que debían ser reubicados no quedaron contentos y aplazaron su salida de la avenida Venezuela. Ahora se recomienda demoler el Puente de Chambacú y construir uno nuevo a un exorbitante costo no contemplado en los presupuestos. ¿Qué más vendrá en esta ciudad de la improvisación y de la seducción por la postergación indefinida de las obras públicas?
Cuando se acerca el plazo para iniciar los Juegos Centroamericanos y del Caribe se viven los afanes y las angustias por las obras inconclusas. Vuelve a tomar vigencia que ahora, por fin, se piensa culminar totalmente el estadio de fútbol Pedro de Heredia ¡que debió estar listo para 1954!
Y que no es la única obra de dilatadísima ejecución, pues décadas tomó culminar la avenida Pedro de Heredia y ya vamos a cumplir una década esperando la demolición del viejo Puente Heredia, la terminación del paseo peatonal de Marbella y la vía marginal que debe salir a la del Lago, acabando con el enredo diario en los alrededores de lo que alguna vez, hace mucho tiempo también, fue reloj floral.
Estos pocos ejemplos traídos a cuento autorizan a pensar que en esta ciudad donde las cosas se dejan a medias, con variados pretextos, como el proyecto de recuperación de plazas del centro histórico, bien podemos demorarnos en una obra trascendental lo que en otras centurias tardó la edificación de las murallas.
No es exageración, es observación de nuestro acontecer. ¿Acaso es mentira que hoy se habla de escenarios deportivos, como la piscina olímpica, que debió ser inaugurada en 1954?
Es válido, entonces, pensar que hemos ingresado al primer capítulo de una gran aventura. ¡Dios nos tenga de su mano!
Reforma tributaria 2007
enero 26/2007
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