Columna de opinión
Por Héctor Hernández Ayazo
agosto 9/2006
Colombia no se acabó ni tampoco llegamos a la felicidad
El lunes 7 de agosto de 2006 ÁLVARO URIBE VÉLEZ prestó por segunda vez en este siglo juramento para servir en el cargo de Presidente de la República. Una ceremonia frugal, aligerada de la solemne rigidez de otras épocas, enmarcó el comienzo de un segundo cuatrienio.
Fallaron los opositores radicales que señalaban el fin del país con un triunfo de URIBE y se equivocaron los fanáticos que soñaron que la reelección de URIBE es el cambio automático a una Colombia pacificada, abundante en riqueza y sin problemas sociales.
Apenas estamos ante un renovado ensayo para tratar de avanzar en el progreso, de lograr la paz, de atenuar las desigualdades y de proveer de servicios indispensables a la población empobrecida. Es un ensayo ejecutado por humanos que creen en unos procedimientos y métodos, tanto como ayer lo creyeron quienes entonces estuvieron en el gobierno. Lo distinto es que URIBE VÉLEZ cuenta con doble oportunidad para realizar sus programas.
Un aspecto importante del paisaje político actual es que algunos que durante mucho tiempo fueron mayorías e impusieron sus dictados a los demás, sin contemplaciones ni atenuantes, hoy tienen que soportar el peso de mayorías de que no hacen parte. Por lo mismo, las reglas se invierten y lo que ayer hicieron ellos como bueno hoy es malo cuando lo hacen sus conductores.
Así, elegir a Turbay Quintero como Contralor General de la República es malo porque es uribista y no conviene que un adepto del gobierno sea su fiscal. Lástima que el mismo criterio no se expuso en el gobierno de partido de Barco Vargas cuando se eligió Procurador a su exsecretario político primero y luego al doctor Serpa Uribe, ni tampoco cuando en el gobierno Samper-Uribe se escogieron a dos fieles amigos del gobierno para Contralor y Procurador, los doctores David Turbay Turbay y Orlando Vásquez Velásquez, a quienes el proceso 8.000 sacó de los cargos para conducirlos a la cárcel.
Lo que no es ético es que hoy se condene hecho por otros, lo que hicieron ayer los censores.
Por lo demás, hasta donde se vislumbra el porvenir, el gobierno URIBE, a pesar de la confianza que el pueblo le dispensa, no será un período de mágicos resultados como tampoco, a pesar del deseo de los oposicionistas, será una época de tragedia.
Colombia subsistirá, seguirá progresando y superando sus problemas. Cada día se hace más realidad que existe una inmensa cantidad de gente que en todo momento lucha por mejorar, que trabaja sin descanso y que mira la dirigencia política y sus pronunciamientos como estorbos para el avance del país.
En otras palabras, cada día hay más colombianos libres de ataduras de partidos y que toman decisiones por sí solos sin seguimiento de dictados de caciques. Cada día crece la clase que crea su propia interpretación del país y se guía por ella.
Allí, en esa clase emprendedora tenaz y que desafía toda suerte de obstáculos, hasta los artificiales provenientes de la mala política, se encuentra la verdadera fuerza de Colombia para salir adelante. Allí está la simiente del progreso y el cimiento de un futuro próspero.
Colombia seguirá su curso. URIBE y sus opositores serán agentes importantes, pero no los dueños ni los determinantes del rumbo de Colombia.
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