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Columna de opinión

Por Héctor Hernández Ayazo
agosto 2/2006


El Libro de la Transparencia


Terminaron los juegos Centroamericanos y del Caribe en Cartagena. Quiero creerles a los eufóricos comentaristas que los proclaman los mejores de su serie, quiero creerles que todo salió bien -hasta la exhibición de uniformes y ropa interior de deportistas colgadas en las ventanas de las residencias construidas en los predios de la Base Naval-, quiero creerles que tenemos los mejores escenarios deportivos de la América Latina, quiero creerles que el encargado de su realización fue el más fantástico equipo humano que pudiera imaginarse y, en fin, quiero creerles todas las afirmaciones que se hacen sobre las incontables ventajas que ganó Cartagena con este certamen.


Pasados los juegos, antes de repartir condecoraciones y llenar de efigies el salón de la fama, es necesario, como homenaje al país, a la ciudad y a la verdad que se divulgue el que podríamos llamar el Libro de la Transparencia. Los contribuyentes, aficionados o no al deporte, habitantes o no de Cartagena, tenemos derecho a exigir que se presente una cuenta detallada, completa y veraz de la inversión pública en estos juegos, sin importar de qué tesorería provinieron los ingresos.


Ahora debemos cumplir el juego de la verdad y la honestidad con ese Libro de la Transparencia. Tenemos derecho a saber cuánto costaron los juegos, cuánto costaron los escenarios nuevos o las remodelaciones de antiguos, quiénes fueron los contratistas y cuánto se pagó a cada, cuánto se pagó en publicidad y divulgación de eventos y a quiénes, cuánto se gasto en viajes y quiénes fueron los viajeros y sus destinos, cuánto se gastó en relaciones públicas y agasajos, en transportes, alimentos y bebidas, medallas, etc. etc. La minucia del gasto debe ser conocida por todos. Es un elemental derecho del contribuyente: quien puso el dinero para los juegos está autorizado para pedir información detallada, completa y veraz del gasto en que se incurrió.


Esta petición mal puede mirarse como algo ofensivo; por el contrario, un buen administrador debe ser celoso en rendir cuentas. Es su obligación y rendirlas en forma detallada, completa y veraz debe ser parte de su orgullo.


Es muy sano para la democracia y necesario para la ética pública que la ciudadanía, y en especial la de Cartagena, por ser este Distrito tierra fértil para el deshonesto manejo de los dineros de la comunidad, exijan frente a todo evento la rendición de cuentas. Hoy, ni técnica ni económicamente puede alegarse que la rendición de cuentas y la publicidad de las mismas sean difíciles ni costosas. Es muy fácil en una página electrónica mantener al pueblo informado del mínimo gasto, de quién recibe los pagos y de quién los ordena.


El contribuyente tiene derecho a conocer en forma detallada, completa y veraz cuáles son los costos del alcantarillado de Bocagrande, del Corredor de Carga y de las vías a Manzanillo del Mar y a Punta Canoa, en qué ha invertido sus dineros la siempre cuestionada Corvivienda, en qué se van los muchos miles de millones de pesos destinados a la salud, a la educación y a las obras públicas, y en general en todos los sectores de la administración.


La transparencia no es el grito de los funcionarios corruptos alardeando ser transparentes y retando a los entes de control a que los investiguen. La verdadera transparencia es poner a todos los habitantes del territorio en pronta posibilidad de conocer el detalle del gasto público, sin esguinces ni disfraces.


Ese ejercicio de transparencia que con la tecnología moderna no se justifica que no sea un deber explícito e inexcusable de todo manejador de dineros públicos hay que empezarlo y los juegos son una dichosa oportunidad para Cartagena. Para que siga Transcaribe y se pague la deuda de la falta de información minuciosa de otras costosas obras anteriores.


Qué bueno sería certificar que los aspirantes a alcalde de Cartagena promovieran la exigencia de la rendición pública de cuentas en este caso y lo siguieran haciendo en el futuro, con el compromiso de presentarlas ellos anualmente si llegan a ser alcaldes. Cuán refrescante sería que los aspirantes al Concejo, las veedurías y otras ONG´S hicieran lo mismo.


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