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Columna de opinión

Por Héctor Hernández Ayazo
julio 26/2006


La improvisación como regla


Las dificultades viales que experimentan los cartageneros por estos días certifican la virtud de la administración distrital de improvisar en cuanto se presenta. Con la consecuencia obvia de la escasa racionalidad en las medidas que se toman al impulso de circunstancias reales o imaginadas, con apego a la imitación de lo que se oye que sucede en otras latitudes sin detenerse a comparar circunstancias, causas y finalidades.


Claro está, toda esa improvisación impulsa la corrupción como remedio a los desaciertos. Así sucedió con el pico y placa, inadvertido e inaplicado al principio; rígido luego y aflojado por último. Con el talante de repartir favores se distribuyeron exenciones de la medida para los ciudadanos de primera clase y se dejó el desagrado de la abstención del empleo de sus vehículos para los de segunda clase. Con facilidad se adivina que para pertenecer a la primera clase se requería tener poder directo o derivado de ser amigo de la administración.


Para desconsuelo de los habitantes de Cartagena, la improvisación no se queda en lo pequeño. Allí está el programa de obras por valorización que se debate en el Concejo y que será acuerdo, dada la preponderancia del Alcalde sobre los concejales.


En la primera administración del doctor Nicolás Curi Vergara se aprobó un nutrido paquete de obras por valorización que debía pagar toda la ciudad. De ello hace más de quince años. Las obras se tardaron muchos años para ejecutarse y todavía hoy los registros de Valorización certifican que muchos contribuyentes no pagaron.


Esa historia debía traerse a cuento para medir la realidad de la esperanza de cubrir obras con el tributo de valorización y no crear espejismos en la ciudadanía. ¿Cuánto se tardó en recuperar lo regado en valorización y cuánto se perdió definitivamente por prescripción?


Además, tenemos ejemplos más cercanos y vivos: ¿Cuánto se tiene en cartera por recaudar por la obra del alcantarillado de Bocagrande, por el denominado Corredor de Carga y por las vías de Manzanillo del Mar?


Examinar este comportamiento es de suma importancia porque permite obrar con realismo en cuanto al ingreso de recursos para financiar las obras. Si los propietarios de estrato 6 no pagan, ¿es válido asumir que pagarán puntualmente los estratos 5, 4 y 3? ¿Cuántos años se tardará en recaudar el monto que deben asumir los contribuyentes? Y si los contribuyentes no pagan, un Distrito deficitario ¿con qué recursos las va a ejecutar?


Basta examinar el comportamiento de los propietarios en el pago del impuesto predial para poner sensatez en el cálculo de la probabilidad del recaudo oportuno de un nuevo gravamen de valorización.


Por otra parte, es bastante difícil convencer al propietario de Ternera, El Recreo o San José de los Campanos que él recibe un beneficio -traducido en un mayor valor de su propiedad- por la realización de la ampliación de la Avenida Primera de Bocagrande y de un paseo peatonal aledaño a la misma. Difícil convencer a los moradores de Marbella que llevan más de diez años viendo sepultados por la arena los muros que se hicieron para un paseo peatonal en la zona y que ahora, sin paseo para ellos, les toca sufragar el de otra barriada.


Lo grave del caso es que con las autorizaciones en mano se harán las contrataciones y después ¿qué importa lo que suceda? Lo trascendental es contratar.


No hay razones para esperar que en este plan de obras, montado sobre la valorización, no se repitan los mismos fenómenos vividos en otros casos: empequeñecimiento de las obras, renuencia de los contribuyentes a cancelar el impuesto de valorización y falta de recursos del Distrito para pagar a los contratistas, parálisis de las obras, sobrecostos, conciliaciones dudosas y perjuicio para la ciudadanía.


Hacen falta voces que exijan seriedad en el manejo de la ciudad y que detengan los afanes de contrataciones que traerán secuelas graves. Ya se vivió cómo el Corredor de Carga presentado como el salto al primer mundo urbanístico terminó en una aventura tercermundista en las ejecuciones pero de primer mundo en los costos. Todavía a muchos en Bocagrande les duele el costo final del alcantarillado y se disputa sobre su liquidación.


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