Columna de opinión
Por Héctor Hernández Ayazo
julio 19/2006
Los expresidentes
El presidente Álvaro Uribe Vélez incurrió en el error de ofrecer la embajada de Colombia en Francia al expresidente Ernesto Samper y tuvo que retroceder en ese ofrecimiento, amén de verse obligado a prescindir del también expresidente Andrés Pastrana como embajador en Washington. Quizá le toque sufrir luego el resentimiento de uno y otro, pues ambos tienen razones para sentirse defraudados con quien creyeron su amigo político.
Fue un evidente error del doctor Uribe Vélez el ofrecimiento al expresidente Samper. Es un hecho que a la campaña de este último llegaron varios millones de dólares de ilícito origen, millones sin los cuales no habría alcanzado el triunfo. La parodia de proceso que se cumplió en la Cámara de Representantes dejó más escepticismo que convencimiento de la inocencia del doctor Samper. Su última intervención ante el presidente Uribe para que no se extraditara a los señores Rodríguez, revelada por el propio presidente Uribe, pudo interpretarse como una confirmación de sus compromisos con aquellos y de su temor ante una soltada de lengua de los mismos. Interpretaciones, claro está, pero que son legítimas cuando quien realiza los actos es un hombre público y máxime si está envuelto en cuestionamientos serios que no ha podido desvanecer ante alto número de sus compatriotas.
El doctor Pastrana reaccionó, presumiblemente en parte por móviles políticos, pero también por valederas razones personales y de Estado. ¿Cómo podía explicar y justificar el nombramiento del doctor Samper ante el gobierno estadinense que le retiró la visa y que ha luchado sin tregua por la extradición, recibiendo respuestas variables y evasivas del doctor Samper durante su presidencia?
Es injusto atacar al doctor Pastrana por lo sucedido. Más injusto si se le pinta como el culpable de la situación del doctor Samper. Ese juicio, que algunos han esbozado, equivale a decir que el incurso en falta contra la ética es quien denuncia el hecho indebido y no quien lo cometió.
El doctor Samper, recibió una frenada -para él inesperada- en su desbocada carrera por su rehabilitación moral y política. El doctor Pastrana vio truncada la oportunidad de una lustrosa acción diplomática que hiciera olvidar los errores de su gobierno que lo persiguen con saña y opacan sus buenas realizaciones.
El país recibió con una especie de alivio la solución del doctor Uribe. A pesar de que algunos se precipiten a declarar al doctor Pastrana dueño de los restos del partido conservador y futuro aspirante fuerte para la presidencia de Colombia, lo cierto es que el sentimiento que se palpa en grandes sectores es de inocultable satisfacción porque los dos expresidentes salgan del primer plano de la escena política.
Mensaje que ya el electorado había insinuado con la derrota liberal. Los arrebatos de plaza pública y trapo rojo del anciano expresidente López fueron respondidos con la más baja votación que jamás haya registrado ese partido. Al codicioso doctor Gaviria, que creyó que con su participación en política se ganaba una nueva lotería, le ha acompañado una creciente imagen desfavorable, suficiente para convencer a cualquier político sensato de la conveniencia de retirarse a la vida privada.
El doctor Belisario Betancur prefirió sumergirse en tareas literarias y artísticas. Su actitud permanente le ha conquistado el respeto de sus compatriotas. Hoy está por encima de controversias y nadie se siente amenazado por sus aspiraciones o injerencias en la vida pública. He ahí un ejemplo digno, que debiera ser la regla para todos los expresidentes.
Al país, la persistencia de los expresidentes en la vida pública le ha ocasionado más daño que beneficio. El escenario político gana en renovación y en autenticidad sin ellos. La renovación de los agentes políticos es más fluida, las nuevas ideas tienen menos obstáculos y la intriga que crea injustas líneas de sucesión decrece. El fin de las cuotas de los expresidentes airea la democracia y ayuda en la lucha por un ejercicio político más sano.
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