Columna de opinión
Por Héctor Hernández Ayazo
junio 21/2006
La búsqueda de un excelente Alcalde
Desafío el riesgo de ser fastidioso con el tema. Cartagena bien merece que se fastidie a las gentes para convencerlas de la urgencia de comenzar a trabajar para escoger un alcalde excelente para el próximo período.
Hoy se vive en aparente placidez política porque el alcalde de turno ha sabido compartir con sus contradictores de cuidado y, de ese modo, los ha puesto, por lo menos, a contemporizar con su estilo de manejo de la ciudad.
Desde luego, la placidez política –o si se quiere la bonanza política- en modo alguno significa la felicidad de los habitantes o que su nivel de dignidad de vida haya aumentado. A pesar del consenso de los políticos y de otras fuerzas para repartirse o compartir el manejo de la ciudad, los graves problemas que asedian a los habitantes de Cartagena crecen sin pausa y a pesar de que miremos hacia otro lado para ignorarlos.
Esos problemas acuciantes y crecientes son el suficiente motivo para que sea prioritario pensar en que, con las armas de la democracia, se imprima un vuelco al manejo de la ciudad. Vuelco que implica un cambio de manos, esto es, sacar la administración de la ciudad de los grupos tradicionales, sean estos políticos o no.
La cuestión es clara. Si los indicadores de calidad de vida siguen siendo desconsoladores por estar por debajo de las ciudades colombianas comparables a Cartagena, la ciudadanía debe incomodarse y considerar oportuno el relevo de una clase que ha fracasado en lograr una calidad de vida aceptable para todos.
Ahora bien, esa ruptura cívica es difícil. Quienes hoy controlan la ciudad tienen en sus manos, por obra del gobierno que detentan, resortes eficaces para ayudarlos a mantenerse en el poder. La burocracia, la capacidad de contratar, la facilidad para repartir beneficios políticos, aún sin corrupción, son elementos influyentes para ganar elecciones. Si sumamos los elementos de dudosa corrección, que con destreza sabe utilizar nuestra clase política tradicional, salta a la vista que un intento de hacer triunfar un alcalde ajeno a esos cenáculos y prácticas es tarea de envergadura. No imposible, pero sí muy ardua.
Hoy, es muy alentador saber que, hace apenas pocos meses, más de 40.000 residentes en Cartagena dijeron que estaban descontentos con todos los aspirantes a la Alcaldía, vale decir, con el muestrario que exhibió la dirigencia política tradicional. Ese nutrido grupo es un enorme capital para partir hacia una nueva expedición electoral, esta vez con la mira puesta en triunfar.
Cierto es que votar en blanco y votar por alguien son posiciones muy diferentes. Tal distinción es bien sabida. Pero es legítimo colegir que los votantes en blanco lo han hecho por insatisfacción con los aspirantes anteriores y por ello resulta razonable imaginar que un buen candidato atraería a esos votantes en blanco.
Para ser elegido alcalde de Cartagena se requieren mucho más de 40.000 votos. También verdadero. Y esa consideración justamente indica la magnitud de la tarea para que Cartagena cambie de manos y de rumbo.
Las dificultades anteriores ayudan a comprender que el tiempo disponible es corto para quienes quieren el cambio. Los ciudadanos buenos y preparados, que se juzguen a sí mismos idóneos para ejecutar una excelente alcaldía de Cartagena, están en el momento para declarar su disposición a prestarle a la ciudad ese inmenso servicio y para promover ideas y entusiasmo para lograr el cambio.
Lo imperdonable es dejar pasar el tiempo para después, a boca de urnas, mascullar maldiciones contra un estado de cosas que permanece por la indolencia de los buenos ciudadanos.
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