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Columna de opinión

Por Héctor Hernández Ayazo
junio 7/2006


El turno de Cartagena


La ciudadanía cartagenera pronto estará de nuevo enfrentada a la coyuntura de escoger gobernantes locales. Es ya lugar común decir que la ciudad lleva años de insatisfacción con sus manejadores, aunque amplios sectores de la clase política se declaren satisfechos y otros segmentos de la denominada "clase dirigente" se muestren conformes con lo que ocurre en este Distrito.


Escoger un alcalde bueno, que rompa con el estilo y la práctica que hasta ahora se ha venido observando es una tarea difícil y complicada. Esa dificultad y complicación obligan a que desde ahora, con mucha anticipación, los ciudadanos que desean un fuerte cambio de estilo, de modelo de administración y de contenido de ésta, tengan que dedicarse a promocionar y secundar nombres de personas honestas, capaces, sabias y decididas para que entren en la lucha.


El tiempo es escaso. Para los políticos curtidos la fecha de la elección es larga. No así para quienes desean arrebatarles a los políticos tradicionales el manejo de la ciudad. Esperar que las elecciones sean inminentes para buscar candidato es asegurar una derrota del ansia de cambio. Un buen candidato, contra la corriente política asida al gobierno de la ciudad, necesita mucho tiempo para que el pueblo lo conozca, lo oiga y sopese sus virtudes y sus programas.


La clase política tradicional tiene montado un tinglado que ha comprobado idoneidad para que gane uno de los suyos. Su organización permanece intacta y su fuerza se sostiene cada día con el clientelismo, el negocio de los contratos, la venta de favores oficiales y las graciosas decisiones de gobierno. La corrupción es su gran nutriente.

En las pasadas elecciones de Alcalde de Cartagena se demostró que existe un fuerte núcleo ciudadano que está dispuesto a dejar oír su descontento con decisión. Ese núcleo. que sumó más de 40.000 papeletas en blanco con el designio de expresar una protesta, es un buen arranque para quien o quienes aspiren a promover una ruptura con la tradición política de la ciudad. Pero hay una diferencia muy grande entre llegar a las urnas a ungir a un candidato que ofrezca una administración pulcra y eficiente, sin halagos particulares para conseguir votos, y simplemente consignar una protesta.


Por eso no puede creerse que esos más de 40.000 electores que votaron en blanco sean segura plataforma para quienes incursionen en la lucha con la idea del cambio. A esos votantes en blanco hay que encarrilarlos hacia una propuesta que satisfaga los anhelos frustrados y que venga revestida de seriedad. En eso reside el trabajo que desde ahora debe empezarse.


A los conscientes del actual estado de cosas incumbe la tarea de crear un nuevo modelo de administración, pues sacar un alcalde sin raigambre politiquera es insuficiente. Para contar con una buena administración es menester que el alcalde sea conocedor cabal de los problemas de la ciudad y que tenga dominio de los medios de que se dispone y de los que hay que arbitrar para convertir en realidad los programas que darán el vuelco a la ciudad.


Salir a decir que habrá salud, educación y empleo para todos, por ejemplo, es una ofensa a los electores si no se indica de dónde saldrán los recursos para cumplir esas promesas. A la irresponsabilidad tradicional de promover lemas paradisíacos y ofrecer imaginarias soluciones, hay que oponer un sano realismo que haga conocer y comprender a todos los habitantes del Distrito la verdad de lo que tenemos y de lo que podemos alcanzar. Seguir jugando con la esperanza ciega de los desfavorecidos es una perversa manera de conseguir apoyos, pero también un medio seguro de llegar en corto plazo a una situación social insostenible, pues a la pobreza se suma incredulidad en cualquier tipo de solución.


Desde ahora hay que buscar un candidato verdaderamente docto en el Distrito, en sus gentes, en sus disponibilidades y carencias, en los límites de lo realizable y en lo que desborda las razonables programaciones. Alguien serio, no un charlatán vestido de taumaturgo.


Como esa tarea es difícil y complicada, se hace tarde para comenzar si se quiere entrar con buen pie en la próxima contienda. Porque antes que buscar votos, hay que diseñar la imagen real de la Cartagena que se puede construir para trabajar sin improvisaciones ni falsas expectativas. Cartagena está madura para el cambio y los empresarios del cambio que obren con sensatez y diligencia de seguro verán el éxito.


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