Columna de opinión
Por Héctor Hernández Ayazo
mayo 31/2006
Postelectorales
El resultado del domingo 28 de Mayo era algo prevenido por las encuestas y por el recorrido del Presidente Uribe que nunca descendió en su popularidad a guarismos que lo hicieran ir a una segunda vuelta.
No cabe duda que ganó, y que ganó porque convenció al pueblo colombiano que vota. Pretender ahora que quien obtiene el 12% convenció con sus propuestas y no quien logra una aprobación del 62% es lindante con el delirio de considerarse único llamado a gobernar bien a Colombia.
En todas partes donde rige la democracia el 62% es una victoria amplia, abrumador. En Cuba, desde luego, es margen pequeño, porque allá se trabaja con el unanimismo absoluto, en votos y en expresiones, porque la fuerza impide otra cosa. Para un país en que la mayoría de los columnistas de prensa pudieron ser opositores persistente del Presidente y apóstoles de otros candidatos, y en que no faltara quien lo tildara de terrorista o de fascista, un 62% es una votación que refleja un amplio respaldo para las tesis del Presidente.
Por eso mismo, si bien es cierto que los opositores tienen pleno derecho a permanecer en sus tesis y a propugnar llegar al poder dentro de cuatro años, también lo es que el Presidente ha contraído con el pueblo la obligación de cumplir lo prometido. Pedirle que no lo haga y que después de obtener semejante votación se pliegue a los dictados de quien sólo obtuvo para su programa el 12% es más que ingenuo, un acto de arrogancia que sólo se ve en estas democracias en que los derrotados pretenden marcar el rumbo al vencedor.
Y lo mismo hay que predicar del comportamiento del Congreso. Las mayorías no ganaron para acatar los mandamientos de las minorías sino para desplegar su actividad legisladora en función de los principios que aquellas mayorías expusieron antes de las elecciones.
Pero nuestro país tiene otro talante. Y suele trabajar en la política con una óptica distinta y en un plano distinto. Los vencidos suelen entrar al escenario como vencedores y mirar al vencedor verdadero como su rehén.
Los cuatro años venideros serán movidos en el campo político, vale decir, en el campo de las aspiraciones a suceder a Uribe. Contra lo que se diga, el caudillismo es la marca del país y por ello es esperable que en el corto plazo empiecen a tomar fuerza el gavirismo de Carlos Gaviria, el gavirismo de César Gaviria, el pardismo, el riverismo, el navarrismo, el petrismo, el santismo, el vargasllerismo y quién sabe cuántos más. Todos con la envoltura de ser los únicos llamados a salvar a Colombia, país que, si nos atenemos a la retórica electoral, siempre ha tenido en juego su destino y siempre ha estado al borde del abismo.
Esa misma explosión de aspiraciones presidenciales, desde luego legítimas en una democracia, podrá hacer explotar fisuras en todos los partidos y generar realineamientos. La ley de partidos estará a prueba desde el mismo momento en que se instale el nuevo Congreso.
De las elecciones del 28 de mayo puede concluirse que la autoridad legendaria de los expresidentes fue derribada y que éstos deberán soportar que más de uno tienda a colocarlos en el cuarto de los muebles viejos. Por otra parte, muy improbable que recuperen la robustez de antaño los partidos liberal y conservador.
Es vaticinable que el uribismo como aglutinación de partidos es un fenómeno electoral transitorio, que pasará con el segundo mandato de Uribe aunque éste conserve una gran aureola entre los colombianos. Más pensable es un uribismo reducido a los fieles amigos del Presidente y que, dentro de ese contexto, los partidos que conformaron la coalición victoriosa tomen senderos distintos, con muchas desgarraduras y cambios en sus componentes, senderos que serán dictados por las ambiciones de sus jefes.
Es el recorrido de nuestra política y de nuestra democracia que, aunque progresa, aún está lejos de conseguir una estabilidad razonable en los comportamientos de su dirigencia.
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