Columna de opinión
Por Héctor Hernández Ayazo
mayo 3/2006
LA CIUDAD DE LO PEQUEÑO
Alguna causalidad debe existir que impele a que cuanto se haga en Cartagena lleve el sello de lo pequeño, sello que contrasta con el desborde para magnificar lo que se va a emprender y lo que luego resulta. Es una rara tendencia a empequeñecerlo todo.
Cuando se prospectó, por ejemplo, la famosa Villa Olímpica que debió estar terminada para 1954, se anunciaron grandes escenarios. Se terminó con un estadio de fútbol inacabado y una buena cantidad de hierros retorcidos como señal de que alguna vez se pensó en piscina olímpica. Luego se acometió la Avenida Pedro de Heredia, la más grande empresa vial de la ciudad, y se la dejó sin aceras y con caños adyacentes sin cubrir. Para cerrar el siglo XX se prospectó un corredor de acceso rápido a la ciudad y a sus muelles marítimos, el popularmente denominado Corredor de Carga, y se pregonó que se construirían puentes que distribuyeran la circulación vehicular en puntos críticos y se culminó sin puentes, con unos ridículos separadores en el sector de Mamonal, sin los peajes ultramodernos vaticinados y con la vegetación arrasada en la Avenida Crisanto Luque, cuya fisonomía fue deformada.
Así podríamos continuar, viendo hoy la estrecha carretera llamada anillo vial que es insuficiente para atender el flujo de vehículos en épocas turísticas y que se quedó sin un empalme adecuado en el barrio de Crespo, contemplando el inconcluso programa de plazas del centro histórico y adivinando lo que falta por llegar.
Los Juegos Centroamericanos y del Caribe, como cualquier justa deportiva internacional de envergadura, suelen dejar en las ciudades que sirven de sede trascendentales cambios urbanísticos y espléndidos escenarios. Cartagena a duras penas cumplirá su compromiso, con un plan de obras que bien puede tildarse de mezquino. Escenarios remendados, unos pocos escenarios nuevos apretujados, todo bajo el signo de lo pequeño. Como si fueran obras de estudiantes que se contentan con la nota mínima para aprobar las materias y ganar el año.
Ni una vía nueva nos dejan los Juegos. Más bien pérdida de espacios libres, tan escasos en una ciudad, que está lejos, muy lejos de la meta de la Organización Mundial de la Salud (OMS) que establece un área verde de 9 metros cuadrados por habitante.
¿Acaso será el resultado de alguna esotérica causa? No. La pequeñez de miras en nuestras realizaciones, que son una trágica parodia de nuestras necesidades y de los anuncios de obras, no es cuestión de destino ni de azar ni de maleficios.
Somos la ciudad que somos y sus obras son de pequeña estirpe porque ellas corresponden a la mentalidad de nuestros dirigentes y manejadores. Y a eso se ha acostumbrado un inmenso número de sus habitantes. Por eso gritamos rabiosos cuando se planeó el Centro de Convenciones que en aquellos años de su construcción consideramos una obra grande sin justificación al igual que miramos con descontento la Casa de Huéspedes.
Cuando lo que más importa es el control de los contratos y del despilfarro del erario distrital, la distribución de beneficios y el juego de influencias, las preocupaciones por la grandeza efectiva no tienen espacio en la mentalidad de los manejadores de la ciudad. Por eso los discursos andan por un lado, vacíos de propósitos, y las mezquinas realizaciones por otro.
Y lo más lamentable, el contagio ciudadano. La mayoría de los habitantes parece contenta con que las necesidades se resuelvan al mínimo y acepta como dirigentes a quienes practican esa cultura.
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