Columna de opinión
Por Héctor Hernández Ayazo
abril 05/2006
¿CUÁNTOS MUERTOS FALTAN?
La noticia es fría. En Cartagena en los primeros 90 días del año se cometieron 59 homicidios. Cada 36 horas una vida es segada injustamente en Cartagena. La cuenta la lleva la Policía y es ella quien la divulga. No es una invención de los enemigos del Alcalde Curi o del Presidente Uribe, ni de quienes desean afear la imagen de la ciudad en perjuicio del turismo; tampoco es obra de malquerientes de Cartagena ni de guerrilleros ni alzados en armas. Es la realidad dura y contundente. Los muertos están en los sepulcros, así se hagan gestos de incredulidad ante el dato.
Esos muertos y la situación de inseguridad que denuncian parece que poca preocupación ocasiona. La vida continúa igual en esta pequeña ciudad que apenas alcanza el millón de habitantes, pero que en registro de criminalidad homicida supera urbes de gran tamaño de distintos lugares del mundo.
Con mucha suficiencia se sigue propalando que Cartagena es una ciudad segura. Frente a esa común afirmación cabe preguntar: ¿segura para quiénes? Pues de cierto que no lo es para quienes habitan en los sectores populosos y más pobres. Allá es donde se produce el mayor número de crímenes de sangre y, quizá por eso, esas muertes no provocan conmoción en la esferas de las autoridades ni mueven a precipitados consejos de seguridad y a la toma de medidas que modifiquen el estado de cosas.
Se palpa una especie de conformidad con el homicidio que se torna casi cotidiano, pues ya todos los días, según los registros policiales, son días de muertes o vísperas de muertes. La prensa da cuenta del asunto en crónicas que tienen un formato de rutina como el clasificado que anuncia la venta de muebles viejos. Es parte ya de la absurda monotonía de la ciudad, y las gentes que experimentan desazón cuando leen la noticia al poco tiempo se felicitan porque el número de muertos no ha subido o porque ya ocurren homicidios en barrios distintos a aquél en que moran quienes se conturbaron cuando el crimen ocurrió en su calle.
Que se sepa no existe una estrategia concebida y en ejecución para afrontar la criminalidad e impedir los crímenes. Tampoco se conoce que se haya entrado a estudiar con detenimiento a qué se debe el acelerado deterioro de la convivencia en la ciudad. Y, desde luego, cuando se desconocen las causas de un fenómeno muy difícil resulta combatirlo con eficacia. El aventurar soluciones ante cada crimen conduce a obrar sin nortes precisos y a que a los pocos días las cosas vuelvan a su estado anterior y los crímenes se repitan. Es lo que nos viene ocurriendo.
Y, lo peor, la sociedad se consuela con las aventuradas explicaciones. Era un cobro de cuentas, un ajusticiamiento de usureros, una venganza por negocios de narcotráfico, etc. y tales explicaciones se toman como justificaciones, y ya explicado el asunto no se hable más y esperemos el próximo muerto para repetir conjeturas tranquilizantes.
Cartagena anda mal y el deterioro avanza. Los signos son desalentadores. Esta familiarización con el homicidio trae adormecimientos de conciencia y pérdida de valor de la vida. La sociedad civil es la llamada a sacudir la ciudad y exigir un cambio de conducta para enfrentar el crimen y sus causas. Ignorar el creciente ímpetu de la criminalidad sólo conduce a robustecerla. Aunque sea una invocación manida, toca repetir que el silencio y la apatía de los buenos es el mejor aliciente para el delito.
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