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Escritos de nuestros lectores

Nuestro lector, David Lara Ramos, se pregunta cómo cuándo o por qué se puso de moda la pinta camuflada en un país como Colombia. Sus inquietudes nos sirven para reflexionar sobre nuestra realidad.

La pinta camuflada

David Lara Ramos
septiembre 27/2006


Aún no alcanzo a establecer cómo, cuándo o por qué se puso de moda en el país la pinta camuflada.


Cuando vi a la primera mujer con una gorra del Ejército, imaginé que se trataba de la prenda de un novio, quien había regresado de prestar el servicio militar y se la había obsequiado. Ella, para congraciarlo, la lucía con orgullo.


Llegué incluso a pensar que la gorra pudo haber pertenecido a un familiar muerto en combate, que ella usaba para recordarlo siempre.


A los pocos días, el asombro fue mayor al ver bermudas, faldas, suéteres, blusas, descaderados, camisillas, jeans, capris, tops, cintillos, gorras, y hasta diminutas tangas brasileñas que se exhibían en las vitrinas de los almacenes de la calle de La Moneda, en Cartagena, acompañadas de un pregón amplificado, con voz de locutor de tarima, que repetía con seductor acento: “Luzca de camuflado por dentro y por fuera. Tres, por el precio de una”.


La pregunta estalló en la cabeza como quien enciende un taco de dinamita de mecha corta: ¿Cómo es posible que en un país como el nuestro se ponga de moda la pinta camuflada? Especulo, de inmediato, sobre las posibles respuestas. Pienso que puede ser el resurgimiento del amor hacia el Ejército de la Patria (como dice el Presidente), o un refuerzo a la moda del tricolor nacional, llena de pulseras y manillas. Idea que descarto al instante, al advertir que tanto la guerrilla como los grupos paramilitares usan el mismo atuendo. Es tan cierta la afirmación, que la frase la he escuchado a muchos campesinos en las regiones más apartadas y violentas de la Costa.


En reciente visita a Chengue, cerca del municipio de Ovejas, le escuché decir a un campesino que ellos sí veían gente uniformada por sus tierras, pero no sabían si eran del Ejército, la guerrilla o los paramilitares... “La verdad —aclara— uno no sabe quiénes son, como todos se visten con el mismo camuflado”. Concluye.


¿Cómo o por qué se ha puesto de moda el camuflado en nuestro país? Repito, y no hallo una respuesta clara.


Quizá sea una nueva pretensión de la moda, que en ocasiones impone atuendos sin importar la realidad que viva el país. Recuerdo que en medio de la escasez de comienzos de los 90, impusieron unas faldas anchas y vaporosas, cuya premisa parecía ser: “Vístase a la moda, demuestre que ha salido de la olla”.


Ante la imposibilidad de hallar una respuesta al porqué se puso de moda la pinta camuflada en un país como Colombia, he recorrido los almacenes de moda cercanos al mercado de Bazurto, los que presentan en sus vitrinas una variedad de camufladas opciones.


Intento hacer una especie de encuesta sobre cuándo o por qué se puso se moda el camuflado, y las respuestas van desde las desprevenidas, “no tengo ni la menor idea”, o la inocente “es que se ve divino”, hasta las agresivas contra-preguntas “...¿Y por qué carajo no se puede poner de moda el camuflado” o ¿Y qué de malo tiene, uno se viste como le dé su gana?


Durante el recorrido por los pasajes y locales del mercado, hombres y mujeres de pinta camuflada se repetían con frecuencia. En un momento creí haber encontrado la respuesta. Concluí que se trataba de una estrategia distrital de seguridad, ante las repetidas historias de robos en las calles. ¡Claro! —dije—, al vestir de camuflado, se crea un efecto de militarización urbana. Se simula un paisaje de soldados en las calles que hace dudar al delincuente sobre si inicia o no su acción criminal. La teoría, que se presentaba como irrefutable, fue desvirtuada, minutos más tarde, al escuchar el llanto de una atractiva chica vestida de capri negro y blusa camuflada, quien se quejaba porque le habían arrebatado un par de argollitas de oro, regalo de su padrino de bautizo —según contó—, al tiempo que apretaba con sus dedos el lóbulo derecho que aún sangraba.


Sigo entonces sin comprender cómo se ha puesto de moda el camuflado en un país como en el que vivimos. Al final, retomo como respuesta, la contra-pregunta de aquella agresiva vendedora: “¿Por qué carajo no se puede poner de moda el camuflado... en un país como el nuestro —agrego yo— que da más importancia a la guerra que a la cultura o a la investigación científica?


Será preciso esperar a que, como toda moda, pase. Sin embargo, la duda persiste y la contrariedad es mayor cuando escucho la frase: “Tranquilo, no te afanes, después de todo, la pinta es lo de menos”.


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